El árbol que canta

Ilustración de Simón Wajntrob

Autora: Laura Inés Gutman.
Ilustración: Simón Wajntrob.

Este relato está especialmente pensado para ser adaptado y montado para teatro de títeres.
El formato de adaptación y las decisiones estéticas como las técnicas a utilizar, el uso del espacio y la musicalización, son decisión del director de escena

A la orilla del río, agita sus ramas un árbol. El árbol, sacudido por el viento, tiembla y se sacude. Sus hojitas que suavemente se elevan, lentamente van cayendo. Entonces parece que el árbol se lamenta, y en el silencio se oye al viento decir:

Ay, ay, ay,
Si yo pudiera deshojarme cantando,
Ay, ay, ay,
Si yo supiera bailar.

El árbol sacude sus ramas y entonces parece como si todos los secretos del mundo llenaran el aire con sus ecos y susurros. Y una ronda de pájaros anuncia la tarde.

– Que lástima, dijo el árbol, me hubiera gustado ser músico. Cómo aquél pájaro que me visita todas las tardes, o cómo las chicharras en verano. Me hubiera gustado ser cantor, para cantar como los grillos, o cantante para lucirme como el gallo cuando sale el sol.

Al atardecer, cuando bajó la corriente del río, y el arroyo iba serpenteando entre las piedras, se oyeron los pasos cansados de un caminante sediento que aprovechó la sombrita del viejo sauce para sentarse a beber y escribir versos.

– Que lástima, dijo el caminante, si tuviera una guitarra podría escribir música para mis versos y así cantarlos en la feria para ganarme unas monedas o cantárselos a Clarita y así ganarme su corazón. Pero la vida me hizo poeta y no me hizo cantor.

Y el alma del caminante palpitó durante unos segundos mientras miraba el silencioso atardecer. Y en el silencio se oye al viento decir:
Ay, ay, ay
Si yo supiera tararear mis versos
Ay, ay, ay
Si yo pudiera cantar.

Se vuelven a sacudir las ramas, pero esta vez su sonido es casi como si el árbol silbara una melodía. Una melodía dulce y lejana como el recuerdo de Clarita. Entonces el caminante apoya su espalda sobre el árbol y escucha el silbido del viento.

Y lentamente su corazón se llena de música y empieza a susurrar un poema pensando en Clarita, imaginando que están juntos mirando la luna que ya empieza a brillar en el azulado pizarrón del cielo donde se dibujan las estrellas.

Y así fue como el viejo sauce se transformó en instrumento de viento para el poeta. Y así fue como el poeta pudo cantar sus versos sin ser un músico. Y así fue como las hojitas del árbol levantaron vuelo en una danza amorosa y así fue como el árbol con sus hojas bailó una coplita nochera.
Mientras tanto la araña tejía su tela, que iluminada por la luna parecía una mantilla de encaje tejida con hilo de plata. El poeta pensó en Clarita, en como brillaría su cabello negro sobre ese hilo de plata y reclinando su cuerpo sobre el tronco del árbol miró el cielo sembrado de estrellas y se durmió.

En su sueño, el árbol lo abrazaba con sus ramas y los hilos de la telaraña se transformaban en sonoras cuerdas. Así el poeta fue músico y el árbol fue guitarra y por un momento en el silencio de la noche estrellada se escuchó el canto del viajero, y el hombre y el árbol compartieron sus sueños y sus ilusiones.

Al amanecer el poeta siguió su camino entonando con música sus versos, y el árbol lo despidió con un sacudón de hojas.

Yo quisiera ser cantor
yo quisiera ser guitarra
para cantarte mi amor
con una antigua tonada
Ay, ay, ay
Con esta antigua tonada.

Yo quisiera escribir versos
Tan claritos como el agua
Que pasando entre las piedras
Parece que susurraran
Ay, ay, ay,
Yo te quiero con el alma.

Y yo quisiera ser árbol,
Solo para que te sentaras
A peinarte los cabellos
A la sombra de mis ramas.
Ay, ay, ay
Debajo de la enramada.

Como era domingo de feria, ya al mediodía la gente se empezó a reunir en la plaza mientras que desde lejos se escuchaba el canto del viajero.

En la plaza los titiriteros montaban un retablillo. Clarita estaba sentada en primera fila esperando la función, pero entonces escuchó la voz del trovador y la reconoció enseguida. Ella fue rápido a su encuentro y se abrazaron. Clarita llevaba puesta una mantilla que parecía tejida con hilos de plata y brillaba debajo de su negra cabellera. Juntos se unieron al público de la plaza para ver la función.

El titiritero hizo su entrada al retablo y entonces Arlequín y Colombina comenzaron con sus reverencias y saludaron diciendo:

– Público, respetable público. Damas y caballeros. Niñas y niños, hoy vamos a presentarles la increíble y maravillosa historia de el árbol que canta. ¡Que comience la función! Y entonces, en el retablo, un gran árbol cargado de ramas y hojas comenzó a silbar y sacudirse con el viento y Arlequín y Colombina danzaban al son de la flauta y el tambor.

Así es como nacen las canciones de amor, dijo el trovador. Pero Clarita no lo escuchó porque ya estaba muy entusiasmada aplaudiendo la función.

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