Nuevo libro de Gabriel Castilla – Historias de Titiriteros


Nuestro querido compañero Gabriel Castilla acaba de publicar un nuevo libro, titulado “Historias de Titiriteros”. Y como nos indica el tí­tulo se trata de las andanzas de los tí­teres y sus acompañantes a lo largo de años de giras y experiencias.
Con el permiso del autor, como no podí­a ser de otra manera, adelantamos unos de los capí­tulos de la obra, dedicado al siempre recordado Paco Porras.

Editado por Raúl A. González. Ediciones del Zorrito
ISBN 978-987-45978-0-9

Contactos:
elguairita@hotmail.com
edicionesdelzorrito@gmail.com

Paco

Una noche Paco Porras nos citó a un bar de tapas en Madrid.
Dijo, me conoceréis porque soy calvo y llevo una buena barriga.
íbamos a hacernos socios de la agrupación de “titereros” que habí­a fundado.
Traed un retrato para el carnet.
Vimos a un señor retacón que estaba de espaldas con un vaso en la mano.
Dudando, preguntamos: -¿Paco?
Se dio vueltas enseñando una barba blanca que, de tan larga, le lloviznaba el vientre.
Detrás de unas gafas de aumento nos contó de su asociación.
Mostró la credencial que se habrí­a hacia abajo prolongando la fotografí­a para que quepa su barba.
Sabí­amos que era de los pocos titiriteros que habí­an quedado luego del régimen de Franco, que habí­a escrito, entre otras cosas, una extensa historia del tí­tere de Cataluña, un centenar de novelitas de cowboys y que le daba pelea sin tregua
al Ayuntamiento por la permanencia del Teatro Estable de Tí­teres del Parque del Retiro.
Allí­ convocaba a la prensa para mostrar cómo se iba a quemar a lo bonzo si los polí­ticos no accedí­an a sus reclamos. Ellos, siempre le hací­an falsas promesas para que desistiera en su propósito. Paco esperaba unos meses y otra vez llamaba a los medios para que presenciaran cómo, con una guillotina a medida, se cortarí­a un dedo si no le otorgaban subsidios. Ellos se retiraban pateando el suelo con furia jurando alejarlo del teatro, de España y de sus vidas para siempre.
Pidió que al morir, una mitad de sus cenizas quedaran en el Teatro y la otra mitad se la echara en el lago del Parque.
Con sus trajes impecables, los municipales asistieron a la ceremonia.
Mirando sus relojes, compungidos pero secretamente aliviados y felices, se reunieron junto al lago y oyeron las palabras de despedida.
Al fin vieron con disimulada satisfacción cómo se lanzaban sus restos al agua.
En ese instante, se levantó un fuerte viento que les dejó los rostros y los vestidos humillados de ceniza.
Una vez más Paco Porras exasperó a los funcionarios.