Guiones para teatro de tí­teres: La memoria de la zanahoria


Mucho se ha dicho, y bien, de la influencia de autores como Lorca, o Valle-Inclán en el teatro de tí­teres. Pero poco del influjo de los pasos de Lope de Rueda en nuestro arte con las marionetas. Ascendencia notable en los tí­teres de cachiporra, tan populares en su tiempo en toda Europa y que viajaron con Lorca hasta América.
Para escenificar dicha afirmación, que al fin somos hombres y mujeres de teatro, recalo con una muy libre adaptación, recomendada a partir de los 7 años, de uno de los pasos más conocidos de Lope de Rueda, el titulado: La generosa paliza, y al que he titulado…

La memoria de la zanahoria
Autor: José Luis Garcí­a

(Estamos en el salón de una casa de postí­n. Entre los muebles destaca un escritorio, de esos que se cierran con tapa. Y sobre él, un florero con flores).
(Entra Dalagón, el dueño de la casa. Va bien vestido y se adorna con bigote y perilla).
DALAGÓN.-
(Que se acerca al escritorio y manosea las flores).
Por las narices de mil pregoneros errantes. -¿Dónde está el kilo de turrón de Alicante? Lo dejé aquí­ para llevárselo a la dama de mis sueños.
(Entra Pancorbo, uno de sus criados).
PANCORBO.-
Amo. Si tiene sueño, lo mejor es que duerma.
DALAGÓN.-
-¿Qué dices, palurdo?
PANCORBO.-
Se confunde señor, no soy Palurdo sino Pancorbo.
DALAGÓN.-
-¿Osas contradecirme?
PANCORBO.-
-¿Osas contradecirme? No las conozco señor. Tal vez si me habla de osas pardas, osas polares…
DALAGÓN.-
Ha desaparecido mi kilo de turrones.
PANCORBO.-
Tal vez haya sido alguna de las osas. Es sabido que gustan del dulce.
DALAGÓN.-
-¡Mendrugo, recibirás tu merecido!
PANCORBO.-
Muy generoso mi señor, mendrugo para mí­, y turrón para las osas.
DALAGÓN.-
Has sido tú.
PANCORBO.-
-¿Yo?
DALAGÓN.-
Te has comido mi turrón.
PANCORBO.-
-¿No habí­amos quedado que fueron las osas?
(Dalagón se agacha y coge una estaca del suelo).
DALAGÓN.-
Tendrás tu merecido.
PANCORBO.-
Deje el señor la estaca, que prefiero el mendrugo de antes.
(Dalagón persigue a Pancorbo por toda la estancia, estaca en mano. Da mandobles a diestro y siniestro, pero sin acertar a su sirviente, que corre como un gamo).
PANCORBO.-
(Cuando se ve acorralado entre la estaca y la pared).
-¡Fue Periquillo!
DALAGÓN.-
-¿Periquillo?
PANCORBO.-
Periquillo.
DALAGÓN.-
(Que llama).
-¡Periquillo!
(Entra Periquillo casi de inmediato).
PERIQUILLO.-
-¿Llamaba el señor o sólo se expresaba?
DALAGÓN.-
Te has comido mi kilo de turrón.
PERIQUILLO.-
-¿Perdón?, -¿qué turrón?
PANCORBO.-
Si no has sido tú, han sido las osas.
DALAGÓN.-
-¡Confiesa!
PERIQUILLO.-
Me confesarí­a, mi señor, pero a esta hora el cura duerme su siesta.

(Dalagón se abalanza con su estaca sobre Periquillo, pero éste huye hacia Pancorbo y ambos se alejan cuanto pueden de la estaca, que recorre sin descanso toda la estancia, arriba y abajo, sin dar con los dos criados).



PERIQUILLO.-
(Cuando está acorralado por el amo, junto al infeliz Pancorbo).
-¡Ha sido Guillermillo!
DALAGÓN.-
(Que llama).
-¡Guillermillo!
PANCORBO.-
-¡Más alto, señor!, que Guillermillo es sordo como un monaguillo.
DALAGÓN.-
-¡Guillermillo!
(Entra Guillermillo).
DALAGÓN.-
Mi turrón…
GUILERMILLO.-
Y usted, mi bocata de panceta…
DALAGÓN.-
-¡Ahhh!
(Dalagón se abalanza con su estaca sobre Guillermillo, que se aleja. Y así­, los tres criados esquivan los estacazos de Dalagón).
GUILLERMILLO.-
(Cuando está acorralado, junto a Pancorbo y Periquillo).
-¡El escritorio!
DALAGÓN.-
(Que llama. Fuera de sí­).
-¡Escritorio!
PANCORBO.-
Más alto, señor; que es como un tronco.
DALAGÓN.-
-¡Escritorio!
GUILLERMILLO.-
-¿Y no serí­a más fácil que vaya usted y lo abra?, porque si hemos de esperar aquí­ a que el escritorio de sus primeros pasos…
DALAGÓN.-
Me confundes.
GUILLERMILLO.-
Digo, que el señor guardó su turrón alicantino dentro del escritorio.
DALAGÓN.-
Pensé que lo habí­a dejado encima.
GUILLERMILLO.-
Lo guardó dentro, y no encima.
(Dalagón se acerca al escritorio, lo abre y dentro vemos el famoso turrón de Alicante).
DALAGÓN.-
-¡Mi turrón!
(Deja caer la estaca).
PANCORBO.-
(Mientras coge la estaca del suelo).
Es hora, señor, que pague usted lo que es justo.
DALAGÓN.-
-¿No iréis a utilizar la violencia?
PERIQUILLO.-
-¡A por él!

(Los tres sirvientes persiguen a Dalagón por la estancia, mientras el amo corre como el mejor de entre ellos y los otros no le dan alcance. Salen los cuatro, perseguido y perseguidores).
(Entra Gasconcillo, otro criado).

GASCONCILLO.-
Y así­ termina esta farsa. Pues ya lo dice el refrán: Si el que acusa no tiene memoria, es como hablar con una zanahoria.
(Vase).

FIN


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