Guiones para teatro de tí­teres: La casa de las siete ventanas


Cada comunidad tiene sus propias leyendas, que conforman el espí­ritu de la zona y de sus gentes. El texto de hoy está inspirado en tres leyendas extremeñas: La torre de la siete ventanas, La casa del miedo y El ermitaño y el rayo.
Obra recomendada a partir de los 9 años.

La casa de las siete ventanas
Autor: José Luis Garcí­a

(La escenografí­a nos muestra dos espacios: Por un lado el interior de una casa de campo, ni lujosa ni destartalada, y por el otro el jardí­n de la vivienda, éste si muy descuidado y dominado por un gran árbol seco).
(Entran al jardí­n Andrés Pérez y Mamerto González, dos ladronzuelos. Cada uno de ellos lleva una tela blanca entre sus manos).
ANDRÉS.-
Esta es la casa de las siete ventanas.
MERTO.-
-¡Qué porquerí­a de jardí­n! No creo que quien tenga un jardí­n así­ pueda tener un tesoro de joyas en la casa.
ANDRÉS.-
Es un viejo loco, sin familia, que vive solo. Le ha puesto nombre y todo: el tesoro de mi alma, o algo así­.
MERTO.-
Si es viejo, cuando nos vea le dará un ataque a la patata.
ANDRÉS.-
Mejor, así­ tendremos la casa para nosotros solos y será más fácil encontrar el tesoro de su alma.
MERTO.-
Somos malos.
ANDRÉS.-
Más malos que la quina.
(Cada personaje se coloca su sábana, desde la cabeza hasta los pies. Quedan convertidos en dos fantasmas de opereta).
(Disfrazados de esta guisa se acercan hasta la casa, al tiempo que agitan sus brazos y emiten guturales y terrorí­ficos sonidos. Abren la puerta y se introducen sin dificultad en la casa. Una vez en el interior, continúan con sus aspavientos y alaridos).
(De pronto, en una pausa en la parafernalia de Andrés y Mamerto, se escucha el lamento de otro fantasma, más profundo y fuerte).
ANDRÉS.-
(Tembloroso).
-¿Qué ha sido?
MERTO.-
(Muy poco seguro).
Has sido tú.
(Desde el interior de la casa entra un fantasma, el de la voz profunda; su tela no es blanca sino amarillenta y ajada).
MERTO.-
-¡Madre!
ANDRÉS.-
-¡De mi alma!
(Andrés y Mamerto salen huyendo, a todo correr y perdiendo sus sábanas en la huida. Salen por el jardí­n).
(El fantasma se libra de su vieja sábana y vemos al Viejo).
VIEJO.-
Este truco me aleja a los ladrones y me permite conseguir nuevas sábanas. No está mal.
(Recoge las sábanas dejadas atrás por los otros dos y sale hacia el interior de la casa).
(Por el jardí­n entran de nuevo Andrés y Mamerto).



ANDRÉS.-
-¿Estás seguro?
MERTO.-
Los fantasmas no existen. Ese viejo nos ha engañado con una sábana vieja.
(Muestra una porra que lleva en una de sus manos).
Pero ahora le daremos aceite de ricino del bueno.
(Rí­e).
ANDRÉS.-
Somos malos.
MERTO.-
Y a mucha honra.
(Atraviesan el jardí­n y se introducen en la casa).
VIEJO.-
(Que grita en off).
-¡No, por favor, no!, -¡ahhh!
(Se escucha el ruido de algo que cae. Los ladrones se asustan).
ANDRÉS.-
-¿Ya le has dado al viejo?
MERTO.-
-¿Qué viejo?, -¿no ves que estamos solos tú y yo?
(Un extraño ser con cabeza de lobo entra desde la casa. Los dos ladrones tiemblan).
EXTRAÑO SER.-
(Al ver a los dos ladrones).
-¡Sangre fresca! Menos mal. Ese viejo estaba reseco.
ANDRÉS.-
Estamos mal alimentados.
MERTO.-
Y tampoco somos tan jóvenes. -¡Corre!
ANDRÉS.-
-¡Corro!
(Los dos ladrones salen por el jardí­n, mientras van tropezando con todo durante la carrera).
(El Extraño ser rí­e mientras contempla el espectáculo de los otros. Y cuando éstos desaparecen, se desprende de su cabeza y bajo ella vemos la del Viejo: ha utilizado una terrorí­fica máscara para amedrentar a los ladrones).
VIEJO.-
Ahora puedo estar tranquilo. Esos dos no volverán.
(Sale hacia el interior de la casa).
(Las cabezas de Andrés y Mamerto asoman entre unos matorrales del jardí­n).
ANDRÉS.-
-¡Será cochino!
MERTO.-
Se cree muy listo.
ANDRÉS.-
Pero nadie es más cochino que nosotros.
(Salen de su escondite y dan unos pasos en dirección a la casa. Mamerto lleva un saco vací­o entre sus manos. Entran en la casa y se esconde detrás de unos muebles).
MERTO.-
(Mientras se esconde).
Todo está lleno de polvo. -¡Atchí­s!
VIEJO.-
(En off).
-¡Salud!
ANDRÉS.-
(Escondido).
-¡Calla, que te ha oí­do!
MERTO.-
(Oculto).
Soy alérgico al… -¡Atchí­s!
VIEJO.-
(Off).
-¡Salud!
(Entra el Viejo y mira por la habitación, pero no ve a nadie).
VIEJO.-
-¡Serán brutos los vecinos! Estornudan tan fuerte que parece que están en la casa.
(Cuando se dispone a salir, los dos ladrones se alzan desde sus escondrijos y le colocan al Viejo el saco sobre la cabeza, luego, de tal guisa lo empujan de uno a otro por la habitación).
MERTO.-
(Mientras lo zarandea).
-¿Dónde está tu tesoro del alma, viejo?
ANDRÉS.-
-¡Habla o ésta será tu última noche!
(Continúan con los zarandeos y con múltiples improperios).
VIEJO.-
(Que cae de rodillas).
-¡Hablaré!
ANDRÉS.-
Habla, que estamos muy locos.
MERTO.-
-¿Dónde esta el tesoro de tu alma?
VIEJO.-
El tesoro de mi alma está escondido bajo Matusalén.
(Suena un trueno y luego otro. Comienza una tormenta. Rayos y relámpagos se sucederán hasta el final de la obra).
ANDRÉS.-
-¿Quién es ese Matuso?
VIEJO.-
Matusalén es el viejo árbol del jardí­n.
MERTO.-
-¿El tesoro está escondido en el árbol?
VIEJO.-
El tesoro de mi alma está escondido en un hueco del árbol.
ANDRÉS.-
Como nos mientas te arrancaremos uno a uno los pelos del bigote.
VIEJO.-
No tengo bigote.
MERTO.-
No creas que una tonterí­a como ésa puede echarnos atrás.
(Los dos villanos se acercan hasta el árbol. La tormenta está en su máximo apogeo).
ANDRÉS.-
-¡Vamos a ser ricos!
(Una vez junto al árbol rebuscan en el seco tronco. Un fogonazo de un trueno ilumina todo el jardí­n, seguido de un estruendo inimaginable y de una densa humareda que rodea el tronco).
(Cuando volvemos a ver a los ladronzuelos, que emergen del humo, comprobamos que sus cabellos están encrespados y que sus ropas y todo espacio visible de sus cuerpos está ennegrecido).
ANDRÉS.-
(Habla como si le faltasen dientes).
Lo dije desde el principio: este jardí­n es un asco.
MERTO.-
(Que no habla mejor que su compañero).
-¿Tienes el tesoro?
ANDRÉS.-
Como me vuelvas a hablar de tesoros, te arranco los pelos del bigote.
MERTO.-
Yo tampoco tengo bigote. -¿O lo tení­a y tú me los has quitado?
ANDRÉS.-
-¿Y para qué quiero yo tu bigote?
MERTO.-
Vámonos, amigo.
ANDRÉS.-
Vamos, compadre. Vinimos a por lana y salimos trasquilados.
(Salen tambaleantes y apoyados uno en el otro).
(A todo esto, el Viejo ha conseguido zafarse del saco y tras la marcha de los trasquilados se acerca hasta el árbol y de un hueco de éste saca un libro, al que abraza).
VIEJO.-
-¡El tesoro de mi alma! Y no se ha quemado.
(Mira en dirección al punto por el que Andrés y Mamerto se han marchado).
-¡Qué ladrones más extraños! Todo este jaleo para robar mi libro más querido, mi mayor tesoro. Sin embargo no me han preguntado por las joyas que guardo en la casa y que no hacen otra cosa que estorbar.

(Abraza a su libro y con este gesto entra en la casa).
(El fogonazo de otro trueno ilumina toda la escena, seguido de un estruendo ensordecedor y de una densa humareda que envuelve primero el jardí­n y luego la propia casa).

FIN

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