Crónica sobre la entrega de la Medalla de las Bellas Artes a Mireya Cueto

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Cecilia Andrés nos envía ésta crónica sobre la reciente entrega de la Medalla Bellas Artes por sus setenta años como titiritera a Mireya Cueto. Se titula “El único paraíso” y hace referencia a una frase de Mireya Cueto que sólo se descubre al final del escrito.
Me gusta mucho como comienza: “Aspirar a la gloria es un delirio. Obtener reconocimiento, un sueño sin sustento. Los titiriteros estamos en el nivel cero de la vida económica, social y cultural. Considerados como una peste a la cual no se ha logrado exterminar aún, solemos reunirnos a veces, disfrazados de artistas excéntricos, de saltimbanquis conspicuos o de pretendientes de un programa de mano mínimamente aceptable”.

Aquí os dejo el escrito, firmado por Cecilia Andrés y H. R. Luna.

Fui construido a la imagen su soledad, de su angustia, de su ahogo (”¦)
Tomé en mi cuerpo de ataúd sus muchas muertes.
Hicimos juntos el camino de su voz: me prestó su palabra
y, juntos, llegamos al borde de mi muerte.
Muerto, doy fe del acto sublime de la magia.
Mireya Cueto (Habla el títere a su autor, de El arrecife y otras divagaciones).

Habitamos un infierno de muchos funcionarios tan temido. Somos, Hugo Hiriart dixit, el lumpem proletariado de las artes. Aspirar a la gloria es un delirio. Obtener reconocimiento, un sueño sin sustento. Los titiriteros estamos en el nivel cero de la vida económica, social y cultural.
Considerados como una peste a la cual no se ha logrado exterminar aún, solemos reunirnos a veces, disfrazados de artistas excéntricos, de saltimbanquis conspicuos o de pretendientes de un programa de mano mínimamente aceptable. Es raro que una institución seria nos cobije. Más raro aún que un funcionario de rango elevado estreche nuestras manos, sucias aún del pegamento, dañadas por la talla de madera o el recorte del cartón, artesanales como todo en este oficio. Extraño es que nos premien con algo significativo, con un premio no inventado por nosotros mismos, con una medalla que no provenga de la caja de galletas o la bolsa de papas industrializadas.
Inverosímil en verdad este momento en que la mujer que ha marchado a la cabeza mexicana del gremio durante siete décadas recibirá una medalla que se otorga a la entrega de una vida al arte.
Mireya Cueto, hija del escultor Germán Cueto y la pintora Dolores Velázquez (Lola Cueto) introductores, con Angelina Beloff y Germán List Arzubide, del teatro guignol en México, descendiente de Juan A. Mateos, un escritor esencial del siglo XIX, con noventa años recién cumplidos el pasado tres de febrero del 2012, recibirá la Medalla Bellas Artes.
No lo hará en el Palacio de Bellas Artes, ni la recibirá de manos de la titular del instituto o de la presidenta del consejo nacional, como lo han hecho otros artistas. La recibirá en el Teatro Orientación, del conjunto cultural del bosque de Chapultepec, de las manos de una funcionaria menor, vestida de negro y con horrendos zapatitos rojos a la moda, quien pronunciará al final un discurso de escuela primaria, sin inflexiones que denoten emoción, rígida como una tabla de planchar, y se equivocará al decir que existe un festival en su honor que otra funcionaria menor, como ella, aniquiló hace tiempo.
Por suerte, estamos muchos agremiados, con los brazos dispuestos al abrazo, la risa en boca, las palabras cálidas que hacen humana una ceremonia profiláctica institucional.
En la mesa se encuentran Mireya Cueto, José Solé, Hugo Hiriart, Beatriz Campos y Raquel Bárcena, como moderadora. La organización del acto ha corrido a cuenta de Marissa Giménez Cacho, encargada del teatro para jóvenes y niños en la Coordinación Nacional de Teatro del INBA.
José Solé, titiritero desde los ocho años, cuando en un viaje en tranvía Correo-Mixcoac a la ciudad de México desde el lejano entonces pueblo de Mixcoac, su abuelo lo llevó de visita a una tienda donde dos ancianas vendían reproducciones escenográficas y títeres. José quedó prendado de un formato nuevo y, en el camino de regreso, elaboró planes y presupuestos. Cuando llegó a casa dijo a su padre que requería ochocientos pesos para un nuevo teatrino y títeres. El padre le dio dos pesos para que comprara un billete de lotería y agregó que, si ganaba el premio, podría adquirir lo que deseaba. José compró el billete y”¦ ganó. Nadie lo podía creer. Lo acompañaron al centro a realizar el cobro de mil doscientos pesos. Con ese dinero compró títeres y teatrino. Regresaron en un taxi. A partir de entonces dio funciones en su casa, aprendió teatro jugando al teatro. Después dirigiría actores como entonces dirigió títeres: la marioneta de Kleist, el actor supermarioneta de Gordon Craig.
José añade que hizo la digresión porque se siente titiritero desde entonces, ha devenido funcionario después y ha apoyado como tal el quehacer de sus colegas. Este teatro donde estamos funcionó mucho tiempo como un hogar del teatro de títeres gracias a su intervención.
Cuando José era estudiante becado en Bellas Artes conoció a Mireya Cueto, la saludó en un pasillo, ella lo ignoró porque era uno de los becados y ella respiraba clase social y artística. José insistiría más tarde hasta que, un día, apunta Mireya sentada a su lado, incluso bailaron. Una amistad intensa desde entonces. Mireya, dice él, ha reunido en ella todo el quehacer del oficio: construye títeres y teatrinos, escribe sus obras, las actúa y dirige, las promueve y vende, viaja con ellas por el mundo.
Hugo Hiriart, titiritero, escritor y director, creador de obras memorables como Minostastás y su familia (junto a Juan José Barreiro), habla de nuestro oficio, de la fascinación que ejercen los muñecos en tanto seres inanimados que adquieren vida e incluso contemplan a su animador y codirigen las escenas; habla de Mireya como generosa titiritera que ha luchado porque el teatro de títeres sea respetado en todas partes. Menciona algunos logros: reconocimiento del Iti-Unesco; premios nacionales y extranjeros. A ellos se añaden publicaciones de cuentos, obras de teatro, artículos, series radiofónicas, periódicos infantiles, un programa nacional de desarrollo cultural infantil (hoy en manos que pretenden posicionarlo como una marca chatarra). Una actividad inmensa.
Beatriz Campos relata su primer encuentro con Mireya en una estación de radio donde ésta le cuenta que trabaja en una adaptación de El Quijote en versión para niños. Ella, recién adquirido un título en literatura infantil, queda boquiabierta ante la empresa. A partir de ahí Miyuca, como la llama, se convertirá en su amiga y cómplice de cosas como la creación de Tiempo de Niños, un periódico infantil, y, junto a Susana Ríos, del programa nacional Alas y Raíces a los Niños. Beatriz lee un poema que ha escrito para Mireya y la emoción hace temblar su voz, el auditorio se estremece, algunas lloran.
Un títere y su animadora se aproximan a Miyuca y la acarician, la rodean, cobijan.
Después viene la tortura escolar del discurso en tarjetas y la pésima estética, a la cual se agregan los insoportables desmanes de la prensa que invade el escenario, interrumpe todo con sus gritos, se comporta con el nivel de barbarie y estupidez que la caracteriza siempre.
Luego, una ducha cálida de algunos integrantes de Espiral, el grupo dirigido por Mireya.
Tonatiuh toma el micrófono, sostiene en las manos un par de hojas, habla de lo que ha significado para él Mireya, de la disciplina, la entrega, su pasión. Vuelve a ensalzar su generosidad (luego, afuera, nos dirá que Mireya no solamente pagaba todos los ensayos a sus titiriteros, como afirma otro ex integrante del grupo, sino que incluso le pagó a él mientras estuvo muerto durante cuatro semanas, afectado por la neumonía, sin trabajar: Mireya pagó las funciones como si hubiera actuado. Algo que ninguna institución cultural hará jamás). Emocionado, agregará que su visión de la mujer cambió gracias a ella y, haciendo malabares con hojas, micrófono y libro leerá un texto de Mireya:
Una mujer es una red, la red misteriosa y fina de la generación. Una tela de araña que se empieza a tejer en los ovarios, en las pestañas y en la piel (”¦) Convierte en selva cada cosa. Selva multiplicada en selva hasta la asfixia.
El hombre usa entonces sus brazos fuertes. Empieza a segar, a cortar, a descuajar el enredijo de las lianas acuáticas, hasta sacar libre el último pie.
De ella no queda nada sino, de nuevo, la inocencia.
(Definición. El arrecife y otras divagaciones.)
Otro discípulo hablará de que un sacerdote la llamó santa un día, explicando que lo era debido a su capacidad de mantenerse fiel a sí misma sin importar el costo.
Mireya toma un títere de guante, representa con él una escena con un texto en verso. Tiene puestos unos lentes oscuros porque la luz de los reflectores la molesta. El títere es una rana con sombrero. La contemplamos absortos. Los camarógrafos y fotógrafos se amontonan frente a ella y se escuchan gritos necios de esos malditos a los que aludía Don Juan, al que Mireya citará después.
La misma ingenuidad que poseía de niña, esa mirada ávida de todo, idéntica fortaleza en esta abuela universal de los titiriteros. Todos hemos dormido en su casa, disfrutado la cocina de Julia que sigue a su lado, firme como una roca de excelente humor. Todos hemos recibido muchas cosas de ella, mucha ayuda, muchos libros, innúmeros consejos, un sinfín de detalles imposibles de sintetizar.
Ahí están su hijo y sus nietos reales. Ahí sus amigos. Por unas horas, el teatro ha respirado un aire de comunidad y regocijo. Los titiriteros hacen planes que tal vez no cumplan, se prometen cosas que quizá no ocurran, se miran a los ojos o se eluden, colisionan sus egos e intereses.
Sin embargo, reunidos por el hálito de una mujer que suele congregar incluso a los más reacios, su felicidad gremial sucede, como ocurre siempre que se encuentran lejos de un mercado de trabajo que cada día se estrecha más y los divide.
Tal vez Mireya tenga razón y, como le dijera un día a Beatriz Campos, en este infierno cotidiano, le seul paradis c”™est le lit.

11 Respuestas a “Crónica sobre la entrega de la Medalla de las Bellas Artes a Mireya Cueto”

  1. Información Bitacoras.com…

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  2. ¡Qué gran verdad! El reconocimiento es un sueño sin sustento. Pero… ¿por qué? ¿de quién es la culpa? ¿hasta cuando?. ¿acaso no hay espectáculos de tí­teres que alcanzan fama y reconocimiento internacional? Claro que lo hay. ¿Acaso no hay titiriteros cuyo talento como creadores-escultores fascina a expertos y profanos? Por supuesto que sí­. Entonces, ¿por qué? ¡Cojamos al toro por los cuernos! ¡Llamemos las cosas por su nombre! El teatro de tí­teres no es sólo artesaní­a, es también una disciplina teatral que debe hacerse BIEN como cualquier otra disciplina artí­stica. Debe llegar al público. ¡Hagamos que llegue!
    Lo siento, es que estoy harto de que cualquiera con un muñeco comprado en IKEA diga que tiene una obra de tí­teres y que nos quite una función.
    Muchas felicidades, Mireya.

  3. Hace unas horas finalice mis funciones de tí­teres en un elegante teatro de pago. Vinieron docenas de familias con sus hijos. Al finalizar todos querí­an ver al lobo, tocar a Pinotxo… Me fijé en una niña que no tocaba nada y le pregunté si volverí­a otro dí­a a ver mí s tí­teres. “Sí­”, me dijo.
    Me dio tranquilidad y una gran paz oirla…
    Antoine

  4. Es extraordinaria la pasión de los titiriteros, de todos, de los que tienen la suerte de vivir de ellos, con ellos y por ellos y de los que lo intentan. Nada en éste mundo implica tanta pasión y entrega para hacer llegar las emociones enteras, sin fugas, atravesando corazones profanos y esquivos que sucumben, siempre, a la verdadera interpretación de sus sueños desde la atalaya de un retablo, mí­nimo, recogidito. Gracias a los maestros, de los que aprendemos en cada palabra o cada gesto. Per molts anys!

  5. A lo mejor será porque hay muchos titiriteros o pseudoprofesionales del espectáculo que no valen y no se han dado cuenta todaví­a. (Estoy hablando de estas palabras: Los titiriteros estamos en el nivel cero de la vida económica, social y cultural. Considerados como una peste a la cual no se ha logrado exterminar aún, solemos reunirnos a veces, disfrazados de artistas excéntricos, de saltimbanquis conspicuos o de pretendientes de un programa de mano mí­nimamente aceptable). A mí­ no me ha pasado nunca y he hecho un trabajo muy digno para mí­. Si algunos no lo han sabido apreciar, es su problema, pero el público siempre ha estado de acuerdo conmigo en que se ha divertido.

  6. del redoble titeres

    maravillosa crónica Cecilia, gracias, no empezamos a hacer tí­teres para que nos reconozcan, sino para dar nuestro corazón, compartir nuestros sueños y utopí­as, el reconocimiento es ese abrazo del niño o niña que viene a abrazar a los tí­teres y se nos recoje el corazón porque lo mira a los ojos y le sigue dando vida tanto o más que la que nosostros le dimos en el escenario, no es ese el mayor reconocimiento?

  7. Juana Sánchezcoviza D' Ramí­rez

    Que emotivo este artí­culo, nos hace pensar en el gran abandono en que se encuentra en mi pais México el arte de los titeres, todo por politicos corruptos, pero más que nada ignorantes