Magnífico concierto instrumental con sombras


Sombras de los dos amantes.
Sombras de los dos amantes.

Fue en la Iglesia de Sant Antoni de Pí dua, en el barrio de Horta de Barcelona. Un concierto cuya música estaba basada en el viaje a Myanmar (Birmania) realizado por el compositor y guitarrista mallorquín Jaume Tugores en el año 2007. Música muy inspirada que se presentó con guitarra en las manos del mismo Tugores, más el acompañamiento de una viola y un chelo.

Pero lo que centra nuestra atención en este artículo es la versión realizada por Olga Olveira y Juvenal Salcedo de las canciones con sombras. -¿Pero acaso pueden representarse visualmente unas canciones que no tienen letra? Hay que decir que no tienen letra pero sí títulos, y que éstos son además bastante descriptivos en el sentido de sugerir una atmósfera, un paisaje o una situación. A ellos se han agarrado los sombristas pero no sólo: también a la sonoridad y al ritmo. Y es en esta conjunción de ritmo, sonido, título, atmósferas e imágenes dónde el espectáculo brilló ante un público muy atento que llenaba la pequeña iglesia.

No es nada fácil esta labor de visualizar temas musicales distintos y sucesivos, por la simple razón de que obliga a un discurso fragmentado que por regla general debe ser variado y no repetirse. Un reto que exige estrujarse los sesos para llenar de contenido visual algo que no lo tiene. A este reto se enfrentaron los dos jóvenes sombristas y salieron del mismo con donaire y unánimes aplausos del público.

Con la base técnica de un retroproyector, el espectáculo presentó una sucesión de diferentes escenas todas ellas conjuntadas por un mismo estilo y tono, con un uso muy medido y equilibrado de los colores así como de siluetas negras que actuaban a modo de contrapunto. Siluetas que a veces eran simples efectos de recorte de luz según formas geométricas, y otras los personajes de la secuencia en cuestión. Lo bueno de la propuesta es que no se limitó a un “coloreamiento” más o menos animado de la música, sino que se esforzó en encontrar unas formas que fueran más allá de la simple ilustración, con entidad en si mismas. Pero a la vez, sin despegar demasiado, pues entonces irían a la contra de la música, que impone siempre su presencia globalizante.

Creo que Olga Olveira y Juvenal Salcedo supieron encontrar un equilibrio perfecto de imágenes y contenidos, con momentos estelares, como la secuencia de los Amantes, en la que dos caras de texturas translúcidas interseccionan entre si creando una intrigante figura negra que consigue encarnar a las dos caras siendo al mismo tiempo una “cara tercera” que se va metamorfoseando según evoluciona la superposición de las primeras. También la última escena consiguíó cerrar el espectáculo con una visualización de gran belleza y de una reveladora claridad, al mostrar las manos y a los mismos sombristas en relación al decorado y a algunas de las siluetas utilizadas.

Un espectáculo redondo que dio a la música unas alas con las que normalmente no suele volar.