Marionetas del Rajasthán en la Casa-Taller de Pepe Otal


Marioneta del maestro Prakash Bhatt
Marioneta del maestro Prakash Bhatt

Desde hace años, este refinado marionetista indio traslada su colorido retablo y sus preciosos tí­teres por todo el mundo, actuando en los más importantes festivales. Lo vi hace dos años en Lisboa y de nuevo he podido admirar su maestrí­a en el escenario de este entrañable lugar que es el antiguo taller de Pepe Otal. Lástima que no actuara con músicos en directo, aunque el atractivo de la música que sonaba por los altavoces pronto te hací­a olvidar esta carencia. El oficio de Prakash Bhatt es realmente excepcional: con la ayuda de esa especie de lengí¼eta con la que suelen actuar los titiriteros del Rajasthán, encandiló al público con unos números de baile y de “cabaret oriental” llenos de energí­a y vitalidad. La bailarina del vientre, el divertido caballero y su caballo, de sofisticada manipulación, el malabarista de su propia cabeza… Buen número el de las serpientes, manipulado con mucha energí­a y ritmo trepitante. Y todo mediante un simple sistema de hilos movidos directamente con las manos, pues en esa tradición marionetista por lo general no se usan cruces o “mandos”. Por cierto: tuvo suerte el titiritero con la chica que salió voluntaria al escenario para que un marajá de madera le hiciera la corte: su gracia espontánea ayudó mucho al espectáculo, y el respetable, muy joven y participativo, se lo pasó en grande.

Hizo de presentadora de la sesión la actriz y titiritera Mireia Nogueras, que nos ofreció dos números llenos de gracia y humor socarrón. A destacar las dos marionetas de hilo que sacó: el acróbata de circo y la cabra Petunia, peluda y muy bien amaestrada. En estos dos últimos números pudimos disfrutar del buen hacer de esta titiritera que ya la habí­amos visto en otras ocasiones, como en el memorable Animata Cabaret dónde tuvo dos apariciones estelares : la del Punki “perro-flauta” y la de la Muerte folclórica.

Un cartel, pues, de primerí­sima calidad con el que los responsables de la Casa-Taller se han marcado un tanto veraniego. A destacar un lleno importante y un ambiente de lo más distendido y agradable. Vi a un público nuevo y joven, muy entregado a las marionetas, lo que hubiera gustado a Pepe. Lástima que no pudiera asistir a la fiesta que se celebró hace unas semanas, en el aniversario de la muerte de nuestro amigo titiritero. Por lo visto, acudió mucha gente y los artistas que participaron fueron excelentes, con un cantaautor que se acompañaba de un violoncelo.

Como muestra visual de lo que estoy hablando, vean el reportaje realizado por mi amigo cineasta Alfonso De Lucas Buñuel, que me acompañó con su cámara.

Al salir, me pregunté qué hubiera pensado Otal de toda aquella actividad desarrollada en su nombre y en lo que fuera su taller y casa. Por de pronto, seguro que se hubiera emocionado. Lo conocí­ bien y sé que en el fondo era un sentimental, y por mucho que se burlara de los homenajes que le habí­an hecho en vida, en realidad le complací­an secretamente, aunque luego se esforzara en desdeñarlos como corresponde a un espí­ritu libre y caballeroso. Me lo imagino, pues, dándose una vuelta por el lugar y saludar muy sutilmente ”no hay que olvidar que murió hace dos años“ a los viejos amigos que allí­ suelen acudir, con algunos de los cuales mantení­a longevas relaciones. Se admirarí­a de la juventud del público así­ como del desparpajo del mismo, especialmente de las chicas más jóvenes, aunque luego sintiera atracción por alguna madura con la que se imaginarí­a tener más afinidades y comprensiones. Subirí­a a su cuarto para ver una vez más su bóveda a medio pintar (imaginándose que la escogida le seguirí­a los pasos), sobre cuyas figuras posó la mirada tantas y tantas veces, y en seguida se detendrí­a en los dibujos y pinturas de barcos, así­ como en las maquetas que aún quedan. El recuerdo de la mar y el darse cuenta de que en realidad estaba solo sin chica alguna, le pondrí­a algo melancólico aunque poco, pues era Pepe de esas personas muy curtidas por la soledad y los acosos de tristeza, de modo que sabí­a atajarlos con sabidurí­a marinera. Tras llenar de humo su cámara privada, que para él vení­a a ser algo así­ como sacarse toda la tristeza y los malos rollos de encima, bajarí­a de nuevo y repasarí­a algunos de los libros de la biblioteca, así­ como los carteles y los cuadros que llenan las paredes de la entrada. Contento de ver que todo seguí­a en su puesto, y no sin lanzar un adiós y un desapegado “hasta luego” a los amigos que lo verí­an pasar entre sonrientes y algo indiferentes, saldrí­a a la calle.

Lo más seguro es que se dirigiera al puerto y recalara en la cubierta de algún velero de éstos que tienen muchas señoritas a bordo, encendiera la pipa y se pusiera a pensar en el Tiempo en mayúscula, ése que lo habí­a lanzado al mundo, y que tras insuflarle el aliento vital y una energí­a de explorador de la vida y de aventurero, lo habí­a mandado un dí­a, casi sin aviso, al otro barrio. -¡El Tiempo!…, se dirí­a con la pipa sacando humo como una locomotora parada, qué misterio más raro, estoy muerto y ni aún así­ lo acabo de entender”¦ Pero tras observar las maniobras de las señoritas que se hallaban a cubierta, quizás se dijera Pepe: “pero bueno, tampoco hay tanto que entender. Lo importante del Tiempo es vivirlo y sobretodo saber que lo estamos viviendo. Ser conscientes del mismo es suficiente. -¿Qué más se puede esperar de la vida? Lo malo es cuando el Tiempo se te come y tu ni te das cuenta. -¡Yo siempre tuve claro que el Tiempo era yo mismo!…” Sorprendido de sus propias ocurrencias, seguirí­a Pepe sacando humo por los agujeros de su rostro no sin sonreí­rse. Comprender y desvelar los misterios de aquellos arcanos lo llenarí­a sin duda de felicidad. Mirarí­a a las chicas y las verí­a inmersas en el Tiempo pero sin conciencia del mismo, carcomidas por los relojes y los apremios. Lástima”¦, se dirí­a. Cómo brillarí­an sus cuerpos con un poco de consciencia”¦ Aun así­ las sigue mirando con placer. Pero pronto se olvida de las mismas y dirige su mirada a las estrellas. Éstas aparecen en todo su esplendor, pues al estar muerto Pepe, las poluciones atmosféricas de la ciudad no le afectan la visión. -¡Aquí­ sí­ que hay vida!, se dice goloso. Y sin que ninguno de los tripulantes se de cuenta, coge el timón del bajel y lo dirige raudo hacia los cielos, con la idea de darse un garbeo por allí­ arriba. A su lado ve a Mariona sonriente. Su amiga, también aventurera, titiritera y algo filibustera, le acompaña de vez en cuando. Sin mediar palabras, suben a la luna, para observar desde allí­ las estrellas. No se olvidarán de sus amigos de abajo. Bajarán de vez en cuando para saludarlos, darse un garbeo por la ciudad y continuar luego cada uno sus aventuras.

Todo eso pensé al salir del Taller de Pepe Otal y dirigir mis pasos al flujo humano de las Ramblas.

La Casa-Taller de Marionetas de Pepe Otal está en la calle Guardia, n-º11 de Barcelona, España.

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