Ubú Rey


Alfred Jarry en su bicicleta

Parí­s, diciembre de 1896. Montado sobre su bicicleta, Alfred Jarry, de 23 años, recorre las calles repartiendo invitaciones para el estreno de su tan soñado Ubu Rey en el Theatre de l-´ Oeuvre. Este joven de figura enana y piernas curvadas es uno de esos poetas locos seguidores de Baudelaire, que critican ácidamente la sociedad parisina en las reuniones nocturnas de Mallarmé, donde abunda el ajenjo, el éter y el haschish.

A los 20 años, recién llegado de Bretaña después de ser expulsado del Liceo, Alfred Jarry se revelaba como un genio salvaje. Presentó una serie de trabajos de gran calidad artí­stica: grabados, revistas de arte y seis fragmentos dedicados a un personaje nacido cuando era estudiante: el padre Ubú. Todo habí­a surgido con una obra de tí­teres donde satirizaba a un pedante profesor de fí­sica.

Artí­culo de Pablo Sáez

Ahora en Parí­s, el padre Ubú habí­a sido inflado hasta convertirse en el burgués de su tiempo, conservando sus caracterí­sticas de fantoche. Entonces la escena estaba dominada por la corriente naturalista y su “actitud cientí­fica” en el arte. El teatro reproducí­a la chillonerí­a de la vida burguesa en una época de escándalos públicos y falta de valores que culminaron en el caso Dreyfus en 1894.

Los simbolistas pretendí­an una misión más pura para el arte: la búsqueda de un mundo superior ideal. Uní­an en sus trabajos erudición, crí­tica social y misticismo. Rechazaban el actor humano por imperfecto y veí­an en las sombras chinescas y en los tí­teres una posibilidad de expresión más completa. Paul Margueritte, teórico simbolista, afirmaba: “Mientras que el nombre, la cara demasiado familiar de un actor en persona, impone sobre el público una obsesión que hace la ilusión muy difí­cil, los tí­teres impersonales, criaturas de madera y cartón, poseen una extraordinaria y misteriosa vida. En sus gestos esenciales está contenida la expresión más completa de los sentimientos humanos”.

Ubu Rey fue presentada en una sala colmada de mi espectadores donde sólo cien habí­an pagado la entrada y el resto eran crí­ticos, amigos y vagos. Jarry, ridí­culamente maquillado, como una prostituta callejera, apareció ante la cortina para leer una nota introductoria de diez minutos. Ubu provocó un asalto al gusto artí­stico del público y un ataque frontal, hasta entonces derecho exclusivo del bufón de la corte, del payaso, del cómico de variedades. Las dos únicas funciones fueron aclamadas y abucheadas por el público horrorizado por los continuos “Merdre” del padre Ubú.

Después del estreno la obra fue presentada sólo dos veces más con tí­teres mientras Jarry viví­a. El poeta habí­a adoptado un estilo de vida muy personal. Considerando inútil los esfuerzos de la ciencia y la religión para imponer orden en un mundo sin sentido, Alfred Jarry se propuso un sistema de sinrazón equiparable a lo ilógico de la existencia: la patafí­sica. Practicó sobre su cuerpo esa filosofí­a hasta su autodestrucción a los 34 años. Murió el dí­a de Todos los Santos de 1907 de meningitis tuberculosa en el Hospital de Caridad. Su vida y su obra podrí­an ser desechadas como la obra de un psicópata, si no fuera porque las constantes que revela presagian el mayor moviendo de arte del siglo XX. Cuando Apollinaire y los surrealistas redescubrieron a Jarry en 1916, lo reconocieron precursor de los pintores, compositores y poetas que rechazaban las formas tradicionales como falsas imágenes de un universo absurdo. Le tocó a Jarry expresar toda la significación de una existencia irracional practicando hasta sus últimas consecuencias el peligroso deporte de la libertad.

Jarry habí­a continuado la saga del Padre Ubú con Ubú en la colina, Ubú Cornudo y Ubú Encadenado. Pero es Ubú Rey la obra que continuó siendo presentada por numerosas compañí­as. Su importancia señala que es, una vez más, el teatro de tí­teres ”“como también sucedió con Arthur Gordon Craig, Tadeusz Kantor y Philippe Genty- puerta para la renovación y ruptura del discurso y la práctica teatral contemporánea.

El autor de este artí­culo es Pablo Sáez.
Este artí­culo forma parte del concurso de artí­culos sobre tí­teres convocado por titerenet y está publicado bajo una licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 2.5 España.