Primera parte

Las sutilezas mágicas de Ville Walo & Kalle Hakkarainen.

Imagen de Keskusteluja.

Imagen de Keskusteluja.


En la misma sintonía del anterior espectáculo, pero de muy distinta factura y tamaño, el Festival nos sorprendió con una propuesta tan intrigante como deslumbrante de los finlandeses VHS – Ville Walo & Kalle Hakkarainen titulada “Keskusteluja” (Discusiones).

El escenario fue el del teatro María Matos y ya de entrada la desnudez del mismo, ocupado sólo por un suelo impoluto de placas de cartón, dos sillas, una mesa y un teléfono, parecía darnos la clave y el tono de lo que íbamos a ver: sencillez máxima, que para mi es sinónimo de “sofisticación máxima”. Y a fe mía que el espectáculo visto resultó ser un increíble alarde de cómo encarar lo complejo desde la sencillez.

Bajo aquella apariencia de desvestimiento se escondía un elaboradísimo sistema de reproducción de la realidad apoyado por dos únicos videoproyectores ocultos en la sala más un estudiado juego de luces que permitía implementar la llaneza espacial y temporal del escenario hacia una multiplicación de planos surgidos de la nada. Es como si de pronto se nos introdujera en el interior de la mente de los dos personajes reales, pues en cualquier parte pueden surgir imágenes, planos, caras y situaciones oníricas (el blanco y negro de las imágenes reproducidas, del primer cine mudo, nos conducen a un tiempo y a unas dimensiones distintas de realidad). Pero esta complejidad de superposición onírica se sostiene sobre los pilares del trabajo impoluto de los dos actores: uno pasivo e inquietante –Kalle Hakkarainen– que parece ser el sujeto de la mayoría de los ensueños, y el otro activo y chocante –Ville Walo–, pues constantemente nos sorprende con extrañas manipulaciones y malabarismos de objetos inusuales como una bola que también es una cara, un libro, una pluma o el mismo teléfono. Su actuación, mezcla de mago y de malabarista, es de una brillantez pocas veces vista, no sólo por la perfección técnica de su trabajo sino también por la originalidad del mismo, huyendo de los tópicos y complicándose la vida con objetos que a su vez guardan íntima relación con todo lo que ocurre en el escenario.

Debo confesar que el espectáculo del mago y videasta Kalle Hakkarainen y del malabarista Ville Walo me dejó pasmado y con la boca abierta durante la mayor parte del mismo, sorprendido, admirado y perplejo ante lo que estaba viendo. La facilidad con la que se realizaban los más sofisticados trucos, los ejercicios malabares o las múltiples y ajustadísimas proyecciones de imágenes fílmicas eran sin duda la causa de esta perplejidad. Hacía tiempo que no veía algo tan inusual, extraño e inquietante, pues la seducción a la que estaba sometido era “nórdica” (finlandesa, para ser más exactos), es decir, fría y silenciosa (aunque había mucho sonido, en una elaboradísima banda sonora repleta de efectos y “ruidos”), escueta y avara (a pesar de la profusión de imágenes y de la generosidad del manipulador-malabar). Y es que aquí cabe hablar del contenido mismo del espectáculo: lejos de una narratividad clara y explícita, nos introduce más bien en un mundo de incomunicaciones, de fragmentación de la realidad, de obsesión por conectar con el otro que siempre está lejos, dónde las relaciones aparecen mediatizadas por los medios mecánicos de reproducción de la realidad –la presencia de una televisión en cuyo interior se introduce el personaje nos lo indica–. Es decir, frialdad en el trato, distancia social, incomunicación, soledad aunque también deseo de estar solo. Temas que marcan el tono e impregnan la obra entera.

Y sin embargo, a pesar de toda esta frialdad imperante, la sensación final que yo tuve del espectáculo fue de haber visto algo sumamente cálido: por la humanidad esgrimida (marcada por la dureza de la vida contemporánea) y por la generosidad artística de los dos actores-titiriteros, especialmente intensa en el caso de Ville Walo y de una eficacia terrorífica en los trucos y las imágenes de Kalle Hakkarainen. Un espectáculo para no olvidar.

La indestructible frescura de los Bonecos de Santo Aleixo y sus Autos.

Os Bonecos de Santo Aleixo

Os Bonecos de Santo Aleixo


El FIMFA regaló a los espectadores, en su décimo aniversario, dos funciones de los famosos y aclamados Bonecos de Santo Aleixo, representados por el elenco del CENDREV (Centro Dramático de Évora) con los actores-manipuladores Ana Meira, Gil Salgueiro nave, Isabel Bilou, José Russo y Vítor Zambujo, con el acompañamiento en la guitarra portuguesa del mismo Gil Salgueiro Nave.

A pesar de que conozco a los Bonecos desde hace muchos años por haber coincidido con ellos en bastantes festivales, hacía mucho tiempo que no los veía actuar. Y la verdad es que quedé de nuevo impresionado por la frescura, la maestría en el hacer y el humor de unas marionetas y de un auto (el de La Creación del Mundo) que proceden directamente del teatro peninsular medieval más antiguo. Pues aunque las huellas de los Bonecos se pierden en el siglo XVIII, no hay duda que beben directamente del acervo dramático que dio lugar a figuras como Gil Vicente, el gran autor de Autos del teatro hispano-portugués.

Parece que el tiempo no pasa para estos titiriteros que un día, llevados por el entusiasmo de Alexandre Passos, director allá en los años 80 del Centro Dramático de Évora, tuvo la feliz ocurrencia de rescatar los Bonecos de Santo Aleixo del olvido o más bien del parón en el que se encontraban, una vez su último manipulador, el Mestre António Talhinhas, oriundo de São Tiago – Rio de Moinhos, cesó de actuar con ellos a inicios de los 70. Recuerdo que en el verano del 75 tuve la ocasión de visitar con Mariona Masgrau los bonecos en la freguesía de Santo Aleixo y de hablar con el mismo señor Talhinhas quién nos enseñó la caja con sus marionetas dentro, sin sospechar que años más tarde recobrarían vida resucitados por los entonces jóvenes actores del CENDREV.

Los Bonecos constituyen sin duda uno de los balones de aire más frescos que uno puede encontrar en los dominios de la marioneta tradicional. Tradicional porque así lo es por justicia histórica, pero dotados de una fuerza y de una viveza que sin duda los convierten en una tradición sumamente actual y moderna, si por ello entendemos todo lo que palpita de vida y hace vibrar a los espectadores. Son marionetas que bailan, cantan, recitan, improvisan y hablan tan campantes con el público. Y todo ello lo hacen con una exquisita vitalidad y con un sentido del humor alegre y chispeante.

Respecto a la historia que cuentan, el Auto de la Creación del Mundo, puede decirse que aquí forma y contenido se ajustan a la perfección: con unas marionetas pequeñas aunque ágiles en sus movimientos pero que no aguantan hablar mucho sin los constantes golpes de ritmo a los que suelen recurrir los manipuladores, el texto del auto tiene la medida justa y exacta, probada por siglos de práctica y oficio, con una alternancia perfecta de versos recitados y versos cantados. Tengo que decir que el auto es un género que me encanta y que no pierdo ocasión de ver siempre que puedo alguna representación de los mismos. Recuerdo el Auto de los Reyes Magos de la Tía Norica, que tanto me impresionó, que parece beber de las mismas fuentes que los de Santo Aleixo. Y es que este género en el que los personajes son alegorías o figuras simbólicas, encaja hoy con una actualidad que pide tratamientos dramáticos de este tipo, lejos de los conflictos más anecdóticos de los humanos y con capacidad de poner en el escenario ideas y conceptos en diálogo u oposición, aunque sea encarnados por personajes de la calle. Y aunque los Bonecos lo hacen a la manera antigua, ponen sobre la mesa el método para hacerlo. La constante atención recibida por autores como Gil Vicente –puede verse estos días en Lisboa una arriesgada pero muy interesante versión libre de su Auto del Alma representada por la compañía Cornucopia en el Teatro Nacional D.Maria II, con dirección de Luís Miguel Cintra– indica la actualidad de este género, abierto a tratamientos contemporáneos repletos de posibilidades.

En definitiva: un lujo y un placer que los de Évora regalaron a los que pudimos entrar en la capilla teatral –¡qué mejor lugar para un Auto!– del Convento das Bernardas.


Publicado el Miércoles 12 de mayo de 2010

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