El velatorio fantasmal del Figuren Theater Tübingen.

Marioneta del Figuren Theater Tubingen

Marioneta del Figuren Theater Tubingen


Abrió el Festival el Figuren Theater Tübingen en el escenario del Museu da Marioneta (la magnífica capilla del Convento das Bernardas convertida en teatro) con “Salto. Lamento or the nocturnal side of affairs”. Una espectacular puesta en escena sobre el tema de la muerte a cargo de Frank Soehnie con música en directo del grupo “rat’n’X” (Johannes Frisch y Stefan Mertin). Se trata de un elaboradísimo ejercicio de virtuosismo de este especialista en marioneta de hilo que es Frank Soehnie quién también actúa como actor-manipulador. Un trabajo solista arropado por la presencia de los dos músicos (contrabajo y saxo + clarinete) que se sitúan en el escenario a modo de oficiantes de la representación.

La obra es una especie de rito mágico en un retablo presidido por la Muerte. Ya desde el principio se nos indica que nos encontramos en los dominios de la pálida señora, quién aparece ataviada de blanco y con un gran sombrero que nos hace pensar en una elegante Catrina mejicana. En este retablo se sitúa solemne el marionetista para hacer lo que se espera de él: desdoblarse en múltiples personajes que cojen vida misteriosamente a través de los hilos y que surgen de lugares insólitos e inesperados, todos ellos marcados por el rictus de la muerte. Unas veces como servidores de la Pálida, otras como succionadas víctimas de la misma.

En este rito de desdoblamiento, Frank Soehnie nos ofrece una sofisticada actuación cargada de poesía, sutilezas, equívocos dramáticos y pérfidos juegos de humor negro. Rito serio y rito jocoso, pues ni público ni actuantes soportarían los alientos mortales de Madame sin darle la vuelta a la Parca y poder así aceptar su presencia y su implacable cometido. Para ello, el escenario se llena de efectos mágicos, sorpresas poéticas unas y surreales otras, como para invitar al espectador a dejarse soñar por lo que ve: imágenes y personajes salidos del inconsciente profundo, con referencias mitológicas distintas, como el oro que en la vieja cultura egipcia representa la felicidad del más allá, o las caras grotescas y deformadas de la tradición negra y satírica europea, salidas ya sea de uno de los Caprichos de Goya o de las mismísimas páginas tan llenas de cruel realidad de la Celestina. Estas caras se pasean como dueñas del escenario a modo de criadas de la Señora, mareando a una pobre alma que sin embargo lleva máscara de demonio y patas de cabrón. ¿El demonio acaso o un humano condenado a las calderas de Pedro Botero, atrapado por las maldades del mundo o travestido en Macho Cabrío carente de brío, anémico y tocado ya por la Parca, como si hubiera visto muchas horas de televisión…?

La ambigüedad se impone en este montaje poético que huye de lo narrativo y busca satisfacerse con el juego de las imágenes y sus movimientos. Una gran obra de indagación que el titiritero alemán de Tübingen ofreció al público y a la que éste, impresionado, aplaudió a rabiar –tal vez para sacarse de encima las imágenes de una pesadilla convertida en realidad…

El Mono de Electric Circus.

El Mono de Electric Circus

El Mono de Electric Circus


En el patio o más bien claustro del Convento das Bernardas, que funciona como “foyer” del Festival, tuvieron lugar algunas actuaciones a modo de “aperitivos” y “propinas” ofrecidos a los espectadores asistentes. Uno de ellos fue Mono (The Monkey) a cargo de la compañía holandesa Electric Circus.

Impresionante esta marioneta autónoma, que no se mueve con hilos sino a distancia pues no es otra cosa que un magnífico robot que gesticula, se mueve y hasta “habla” (en lenguaje simiesco, naturalmente) accionado por Fred Abels, su inventor técnico. Aparece subido en bicicleta y realmente tiene una autonomía tal que más de uno piensa que se trata de un mono de verdad. Dirige la acción la marionetista Mirjam Langemeijer, vestida de personaje de circo, con un físico y un ademán que nos hace pensar en viejos números callejeros del norte de Europa, vivarachos y voluntariamente desmañados. Lleva un carrito con un viejo gramófono que se acciona con una manivela. Con él jugará hasta conseguir que el Mono le saque música. Antes, la “domadora” cogerá en brazos al robot, para iniciar todo un juego de seducción con el público en el que la marioneta luce su amplísima gama de posibilidades: ternura y burla, picardía e ingenuidad, inteligencia y animalidad, todo eso expresa el Mono con sus movimientos de cabeza, sus grititos que responden a las preguntas y a los sentimientos, su mirada dulce y asustada, y su boca que se abre y se cierra con perfecta naturalidad.

Por lo visto Electric Circus dispone de otros muñecos robot que ya han desfilado por las calles de Europa. Uno de ellos, un vagabundo de tamaño humano, fue incluso detenido por la policía en una ciudad alemana durante media hora, lo que indica el grado de verosimilitud que tienen sus muñecos. Un alarde de perfeccionismo técnico y gracia circense que los espectadores asistentes a la inauguración del Festival gozaron, encandilados por el simpático Mono.

Las manos de Valeria Guglietti.

Imagen de Valeria Guglietti

Imagen de Valeria Guglietti


Ya hacia medianoche intervino la especialista argentina en sombras de manos Valeria Guglietti con su espectáculo “No toquen mis manos”. La había visto en La Puntual de Barcelona y me admiró su gran dominio técnico. Pero al verla de nuevo en Lisboa vi hasta qué punto ha ido perfeccionando su espectáculo, dotándolo de una gracia y de una seguridad en las imágenes creadas, amén de los nuevos números, realmente extraordinario.

Constituyen las sombras de manos uno de los géneros más antiguos y a la vez más difíciles en el inmenso campo del teatro de animación visual. Atracción muy apreciada en épocas lejanas –era normal, por ejemplo, que el Moulin Rouge tuviera siempre a algún sombrista de manos– y aún hoy constituye un número recurrente en los cabarets del mundo. De hecho Valeria Guglietti empezó en el mundo del cabaret hasta que un día se dio cuenta de que el público deseaba ver más sobre el tema. ¿Por qué no plantear un espectáculo entero sólo de manos? Así lo hizo y hoy en día Valeria es una reconocida artista que no cesa de presentarse en multitud de festivales y teatros del país y del mundo entero.

Con sólo un proyector de luz y una pantalla, esta titiritera de la imagen se basta con sus solas manos a las que a veces incorpora pequeños añadidos de cartón para conseguir determinados efectos. Números clásicos a los que incorpora otros nuevos de cosecha propia. La magia de las sombras adquiere así toda su intensidad desde la máxima sencillez y todo a la vista, pues el público puede ver al mismo tiempo las manos y las sombras en la pantalla. En la fría noche del claustro de As Bernardas, Valeria levantó muy arriba la temperatura de los espectadores que la obsequiaron con fuertes y calurosos aplausos.

Paulo Duarte y sus “Almitas”.

La doble imagen de Paulo Duarte

La doble imagen de Paulo Duarte


En el pequeño local dónde A Tarumba tiene su Centro das Artes da Marioneta (CAMa), adecuado a modo de pequeño teatrín de bolsillo, actuó a última hora Paulo Duarte (Là Où – Marionnette Contemporaine) con “Almitas – Petites Âmes”. Espectáculo de cámara repleto de sutilezas y de juegos sobre la percepción en el que el joven titiritero portugués que vivió varios años en Barcelona parece sentirse muy cómodo.

Duarte lleva la teoría del desdoblamiento, intrínseca al lenguaje de las marionetas, a una curiosa y sofisticada aplicación basada en la superposición de imágenes, la real y la proyectada mediante un videoproyector sobre una cortina transparente, siendo ésta última la captada por una cámara situada frente al mismo público presente en la sala. Es decir, el tiempo se desdobla en dos: el que acaba de pasar y el que sucede en presente, gracias al ardid técnico de superponer ambas imágenes en el escenario. Un efecto tan sugestivo como inquietante, pues es como si a la imagen real se le sumaran otras imágenes anteriores que se añaden al presente, creando una densidad visual y referencial a la vez sencilla y compleja, y siempre intrigante.

En realidad, se trata de un ejercicio de fragmentación: del tiempo y del mismo muñeco, que se parte literalmente en trozos, fragmentación que alcanza distintos ángulos y momentos de la percepción, desdoblando tiempo e imagen. En este sentido, nos hallamos ante una metáfora visual de nuestra época, que tanto gusta de fragmentarlo todo, de modo que incluso nuestro propio cuerpo se divide en una suma de elementos que en cualquier momento puede descomponerse, como le sucede al muñeco manipulado por Duarte. Una segmentación que nos lleva al absurdo, con pies y manos que pasan del plano del manipulador al del muñeco, superponiendo formas y escalas. ¿Hacia dónde va esta fragmentación? ¿Qué pretende decirnos Duarte con su propuesta? Al ser un espectáculo que huye de la secuencia narrativa, huye también de los encadenamientos causales. En realidad, éstos existen –la misma diacronía de captar las imágenes y proyectarlas después en el escenario implica un encadenamiento claro de tipo temporal que acaba en una sincronía de superposición–, pero no nos aclaran ni pretenden hacerlo sobre el sentido de los mismos. El espectáculo se limita a mostrarnos esta complejidad de imágenes que parten de los pies y manos del actor manipulador, pues es propio de una cultura de la fragmentación que el sentido surja también fragmentado (o polvorizado, tal vez), sin definirse en nada concreto.

¿Significa eso que nos quedamos en ascuas y que la obra no nos dice nada porque simplemente no quiere decirnos nada? Sí y no. Pues es la intersección de imágenes reales y filmadas, de tiempos pasados y presentes, la que funciona a modo de espacio de síntesis –el escenario– y, como tal, cargadísima de significado latente que el espectador debe descifrar desde las profundidades de su mente. Que tenga ésta más o menos contacto con zonas despiertas del inconsciente no es de la incumbencia del titiritero sino de cada uno de los espectadores. A más contacto, más explicaciones –todas peculiares y personales de cada uno– y más empatía y satisfacción ante el espectáculo. La pulcritud técnica y escénica de la presentación de Duarte (impoluta desnudez siempre nublada por las pantallas transparentes de un escenario que parece una maqueta de arquitecto pintada de negro) nos indica que no vamos tan equivocados: el “retablo” como espacio de intersección y de síntesis se basta a si mismo. El espectador sólo deberá aportar atención neutra e intensa, ingenua y por ello mismo profundamente metafísica. Entonces el sin-sentido de la obra de Duarte se irá cargando como una bomba de relojería del sentido. Su explosión sucederá en la mente de cada espectador en cuanto éste tenga a bien o se le ocurra tirar de la espoleta. Un trabajo impecable, el de Paulo Duarte, lleno de finas paradojas, de interrogaciones y de sanas aberturas a la percepción del tiempo y del espacio.

Seguir con el resto de espectáculos en la segunda parte.


Publicado el Miércoles 12 de mayo de 2010

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