Decorado para la ópera Carmen

Decorado para Carmen, de Antoni Clavé. Colección de escenografí­a del Museu de les Arts Escí¨niques de l'Institut del Teatre.

Hablar de la vieja tradición de los teatrines justo cuando estamos entrando en el siglo XXI puede sorprender a más de uno. -¿Acaso es pertinente detenerse en estos modos de entretenimiento de hace más de cincuenta años, que sólo se encuentran en los muesos, en determinadas colecciones privadas, en algunas tiendas de antigí¼edades o en los practicantes de lo retro teatral? Pregunta a la que este artí­culo intenta responder afirmativamente, mediante los argumentos que a continuación se exponen.

La razón principal de esta pretensión es la siguiente: a pesar de que la época actual parece querer escapar con prisas hacia el futuro, soltando lastre para acelerar la velocidad de su despegue, determinadas funciones básicas del pasado siguen existiendo aun cuando sus formas hayan cambiado con el paso del tiempo. Nos referimos a la función imaginativa que se sirve de artefactos, trucos, tecnologí­as y juegos varios para disparar al viajero hacia lo desconocido.

En la época pretelevisiva o, si nos queremos alejar todaví­a más hacia el pasado, en la época anterior al cine, era común en las ciudades europeas que las familias con un cierto rango social se entretuvieran en sus casas con representaciones teatrales dirigidas a propios y extraños. En Barcelona, por ejemplo, a mediados del siglo XIX se dio una forma de teatro llamada “de sala y alcoba” que tuvo un importante papel en el nacimiento del moderno teatro catalán. Estas funciones podí­an ser también de sombras chinescas, para las que existí­a un repertorio temático e icónico que se vendí­a en las calles y tiendas especializadas, cuyas siluetas habí­a que recortar luego en casa. A veces, estas representaciones se achicaban y tení­an lugar en pequeños teatros de papel construí­dos para la ocasión. Estos teatrines reproducí­an a escala pequeña, a modo de maquetas, teatros convencionales con sus telones, sus decorados, sus bambalinas y sus tramoyas. Una afición muy extendida en toda Europa, tal como lo demuestran las colecciones existentes.

Tristán e Isolda.

Decorado de Tristán e Isolda, de Francesc Soler i Rovirosa. Col.lecció d'escenografia del Museu de les Arts Escí¨niques de l'Institut del Teatre.

-¿Qué eran en realidad estos teatrines sino unos trampolines caseros para la imaginación, pequeñas máquinas para despertar la función imaginativa de sus actuantes y espectadores? A través de la dimensión pequeña, los “viajeros imaginarios” saltaban a otras dimensiones de lo real, ya sea cabalgando sobre los argumentos y los textos de obras conocidas y representadas en los grandes teatros, ya sea a través de fabulaciones propias que en algunos de los pequeños actores acabarí­an madurando hacia obras de gran calado, como tantos testimonios de importantes autores del siglo XIX y principios del XX nos cuentan en sus memorias (Oscar Wilde, Jane Austin, Charles Dickens, Hans Christian Andersen, Lewis Carroll, Charlie Chaplin. Orson Welles, Edward Gordon Craig”¦).

Estos teatrines tení­an su correspondencia pública y popular en la vieja tradición navideña de los pesebres, en los que se recreaban escenarios teatrales estáticos aunque muchas veces animados, incrustados en habitaciones privadas o en recintos eclesiásticos. Tradición que ha llegado intacta y aún viva a nuestros dí­as.

Es evidente que la aparición del cine terminó con estas modalidades de entretenimiento casero que obligaban a sus participantes a usar la imaginación para dar vida a lo que sólo tení­a una realidad de papel. La puntilla a estas artes de la ingenuidad alcanzó también al teatro de sombras (recuérdese que las primeras pelí­culas se exhibí­an junto a espectáculos de sombras chinescas, los cuales quedaron pronto eclipsados por el realismo animado del cine) y, como no, al teatro de tí­teres que también exigí­a al espectador un trabajo de abstracción indispensable para otorgar vida al muñeco. El cine hizo obsoleta esta necesidad, los adultos se olvidaron de una función que requerí­a un cierto esfuerzo creativo, y los niños se quedaron como únicos receptores todaví­a con capacidad de asombro y de recreación imaginaria, sin ofenderse por la simplicidad abstracta y simbólica de los elementos escénicos inanimados que de pronto cobraban vida en los retablos.

Teatro de papel de Epinal, 1800, Francia. Reimpresión. Foto de Valeriana Solaris.

Teatro de papel de Epinal, 1800, Francia. Reimpresión. Foto de Valeriana Solaris.

Los teatrines perduraron todaví­a en el siglo XX, aunque tocados ya de muerte por el cine. Las familias burguesas seguí­an entreteniendo a sus niños con teatros de papel, y éstos seguí­an soñando despiertos gracias a estos artilugios que disparaban su imaginación. En Inglaterra se les llamó en el s. XIX “Juvenil Drama”, “Toy Theatre” o “Model Theatre”, en Dinamarca tuvo un importante desarrollo siendo el impresor más importante Alfred Jacobson. En este paí­s todaví­a sigue existiendo en la actualidad un teatro dedicado a esta especialidad (http://kannikskorner.com/toytheater/theater.htm). En España, algunas casas editoriales vendieron teatrines con sus armazones, sus decorados y sus figurines que habí­a que recortar y montar con gran primor. La más temprana fue la editorial Paluzie, que empezó en 1867 y, a partir de 1915, la editorial Seix y Barral cuyos modelos todaví­a se pueden encontrar en algunos anticuarios de Barcelona, cada dí­a más codiciados por los aficionados y los coleccionistas. Sin duda la arraigada tradición catalana del teatro aficionado y de las representaciones caseras, como las ya citadas sesiones de sala y alcoba, más la presencia de importantes escenógrafos e ilustradores en Barcelona, explican esta atención editorial y su fiel clientela.

Existen importantes colecciones de teatrines en España, algunas de ellas de gran categorí­a. Una de las más importantes es la colección de Maquetas y Teatrines del Museo Nacional del Teatro de Almagro. La mayor parte de sus maquetas fueron construidas en los años 40 para el Museo del Teatro, otras lo fueron por encargo de los responsables de la exposición de la Sociedad de Amigos del Arte “El Teatro en España” y construidas por el escenógrafo Antonio Sendras y el escultor Luí­s Buendí­a en 1945.

También en el Instituto del Teatro de Barcelona existe una importantí­sima colección, lamentablemente no expuesta al público pero sí­ muy bien conservada y documentada, de teatrines que reproducen a modo de maquetas los decorados de importantes escenógrafos de teatro y de ópera.

En Lisboa, no hace mucho el Museu da Marioneta presentó una magní­fica exposición sobre teatrines de papel titulada “Teatros de Papel: a arte da Precisao” ideada por los titiriteros de A Tarumba. El catálogo, con una completí­sima presentación de Rute Ribeiro, todaví­a está disponible en el citado Museu.

La llegada de la televisión remató lo que el cine ya habí­a dejado en una clara fase agónica. Los teatrines quedaron abandonados, incapaces de competir con la fascinación de la pantalla televisiva. Todaví­a hubo algunos intentos de mantener la tradición, más por un empeño de lo insólito que por necesidades del mercado. Nosotros mismos, desde nuestra compañí­a de marionetas de La Fanfarra, editamos una colección de Teatrines de Sombras con cuatro tí­tulos que correspondí­an a otras tantas obras estrenadas: “La Historia de Li”, “Malic en Nueva York”, “Los Pastorcillos” y “La Leyenda de San Jorge”. Los vendí­amos como un complemento a nuestros espectáculos y la verdad es que tuvieron éxito y se vendieron mucho. Luego, los avatares de la vida titiritera dejaron aparcada esta ví­a de desarrollo editorial.

Y, sin embargo, la necesidad de disponer de artefactos y mecanismos para la imaginación no sólo sigue vigente sino que la actualidad de nuestra cultura tecnológica dirigida al futuro la ha disparado considerablemente. Nunca como ahora los humanos hemos sentido tanto la necesidad de soñar y saltar hacia lo desconocido, en una época como la nuestra repleta de escalofriantes descubrimientos tecnológicos que han ampliado los horizontes de la especie humana hacia lí­mites jamás imaginados. -¿Qué son las actuales pantallas de ordenador, con sus juegos interactivos, sus espacios virtuales y sus desdoblamientos cibernéticos, sino pequeños teatrines que han substituí­do el papel por el chip, la artesaní­a manual por la informática y la tecnologí­a digital, los decorados de cartón por paisajes y geografí­as virtuales de formas y contenidos impensables y descabellados, las figuras y siluetas recortadas por las imágenes y las identidades desdobladas sobre las que el viajero jugador se proyecta e interactúa con otras identidades igualmente desdobladas, con libertad de hacer lo que les da la gana en el ciberespeacio? Junto a estas formas actuales de aceleración imaginativa, los viejos teatrines de papel nos invitan a recorrer los antiguos caminos de la fantasí­a humana, y se instituyen a su vez como entrañables recordatorios de cuál es la función principal de tanta tecnologí­a desmelenada: abrir la mente por las sendas de la libertad y de la imaginación.