Escena de Manomovie, de Los Quintana

Hay cosas que las marca quién sabe quién, como el destino o las casualidades. Uno piensa que se autogobiernan; pero ¿no habrá algún titiritero detrás? …

El asunto fue así: andaba yo de paseo por el Museo Argentino del Títere. En realidad, de paseo no. Había sido invitado al cierre de un taller de dramaturgia. Al final del mismo, en cónclave adorador de los buenos sabores de la tierra, al tiempo que hablábamos del oficio, alguien mencionó un espectáculo. El trabajo en cuestión era “Manomovie”, de
Los Quintana.

Esto podría ser un simple comentario, un pronunciar en correlación una infinidad de palabras que se asocian por su sentido. Pero, lo curioso del caso, es que la ronda, de un simple brindis paso a ser una reunión alrededor de un fuego imaginario, donde alguien tomaba la difícil tarea de traer el misterio. Porque Los Quintana están envueltos por un halo misterioso, que hace que cuando alguien habla de su show, traspase los límites de la realidad y entre en feudo del mito y la leyenda.

Me contaron el origen de Manomovie (ya estamos en el mundo de la leyenda), nacido de un ejercicio que revolucionó el taller y el concepto de todos aquellos que lo vieron. Se habló más, también. Para que luego, a modo de iniciación, me señalaran con el dedo y me dijeran “mañana van a estar. Tenés que venir a verlos. Porque después, no se sabe si se presentarán otra vez …”.

Se imaginarán que, como corresponde al clima de este relato, yo, al día siguiente, no podía ir. Pero …. a la noche que le siguió fui, impulsado por quién sabe qué cuerda, que me arrastro hasta el Museo Argentino del Títere. Fui entregado; después de todo, todavía estaba en pleno ritual de iniciación.

El escenario: un retablo, con ventana, cuya boca de escena no era más grande que … una ventana; desprovisto de escenografía, elementos y otras yerbas. Mmmm, dije: qué habrá. La oscuridad de la sala me dio la respuesta: manos; manos desnudas. Cuatro manos desnudas, que se entrelazaban, se combinaban, se asociaban, dando forma a fantásticas figuras. Así, de a poco, en un ejercicio perfecto de plasticidad corporal, imaginación y dramaturgia, Los Quintana fueron contando tres historias de película. Primero, el rescate de una doncella, con caballero, rey y dragón. Luego una de ciencia ficción. Y por último, un pulp ficción, con investigador ebrio y fracasado, como debe ser.
Siempre estuvo presente el humor, la ironía y la oportunidad. Pero lo que más fascinó a este cronista, fue la capacidad de crear una historia, una situación, en un espacio escénico, casi sin necesidad de elementos, utilería y decorados.
Títeres que no son títeres; sólo son su alma, la que se expone. Manos desnudas, dije. Pero que, a pesar de ser sólo manos, completaron mi ritual de iniciación en el mundo de la leyenda y el mito. Mundo imaginario, pero real, en el cual habitamos todos los titiriteros.


Publicado el Domingo 27 de Diciembre de 2009

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