teatro

Lo primero que debo hacer es recomendar a todo profesional de las artes escénicas -actores, actrices, directores de escena, autores teatrales, gestores culturales, escenógrafos, maquinistas, manipuladores y constructores de títeres, taquilleros y productores teatrales- que lean la ponencia que podrán encontrar en Artes escénicas en internet: perdidos.

La primera parte del trabajo se encarga de desmontar las creencias, arraigadas y equivocadas, sobre qué es internet y sobre qué significa para las artes escénicas.
José Bolorino dice varias cosas fundamentales en esta primera parte: internet no es un escaparate, el mundo de las artes escénicas no sabe lo que es una página web, el mundo del teatro sufre un bloqueo comunicativo en internet y que éste es un medio dinámico.

Yo recalcaría un dato importante que Bolorino recoge en su ponencia: “desde 2004, las búsquedas de ‘teatro’ en Google tienen una ligera tendencia a la baja”. Eso debería hacer pensar a los profesionales del teatro. Algo se está haciendo mal, puesto que desde 2004 el número de internautas ha aumentado de manera significativa.

Efectivamente, en un mundo de relaciones sociales virtuales los habitantes de las tierras escénicas viven aislados en aldeas, con sus mercadillos locales abiertos -léase páginas web-, pero sin diálogo entre ellos ni con su público.
La mayoría de los habitantes de la Tierra Media de las artes escénicas pretende acercar al público a sus aldeas por medio de mensajeros virtuales -léase correos electrónicos- que hablan de las virtudes de sus productos artesanales.

Internet ofrece nuevas posibilidades de comunicación, no porque podamos enviar correos electrónicos, documentos o mostrar videos. No. Es tan simple como decir que internet permite que el público se acerque al teatro y le pida aquello que demanda de las artes escénicas.
Hasta ahora el espectador sólo podía expresarse en el teatro por medio del aplauso o del silencio, o tal vez alguna vez por medio del abucheo o la tos sin control.

La revolución de la imprenta fue la de acercar el trabajo de unos pocos a una multitud hambrienta de ideas. La revolución de internet es que puede acercar las necesidades de muchos entre sí.
Veamos un ejemplo. La industria musical se ha dedicado a criticar y a demonizar a internet porque ellos querían vender discos. Sin embargo, el público sólo quería música. El fenómeno de las P2P no nace de piratas que quieren acabar con la música, sino de una multitud con unos intereses comunes y con la capacidad y el deseo de interactuar entre ellos.
Esa capacidad de comunicación ha provocado que la venta de discos haya caído en picado en todo el mundo. ¿Ha muerto la música? No. Hoy se conocen muchos más intérpretes y compositores que hace diez años, la asistencia a los conciertos ha aumentado y las tiendas virtuales de música -que no de discos- son una realidad en expansión.

No me cabe duda de que internet cambiará el teatro. No tengo una bola mágica para saber en qué sentido será ese cambio, pero lo hará, porque lo está cambiando todo. ¿Cómo iba a quedar el teatro al margen?
A los que amamos las artes escénicas sólo nos queda andar el camino, salir de nuestras aldeas, comunicarnos e interactuar con todos aquellos que hacen posible que el teatro exista, desde el utilero hasta el espectador.

Si gracias a la tecnología los médicos podrán operar a distancia, ¿acaso un actor en Madrid no podrá actuar en una obra que se represente en París, interactuando con un espectador que asiste al espectáculo en Roma?

Puede que falte mucho para eso, pero lo que nos dice Bolorino es válido: si no quieres estar fuera de todo eso, entra hoy y ponte a trabajar.

Os dejo con una frase que no dijo un monje zen, sino un autor teatral:

“La única manera de resolver una ecuación para que no siga arrojando un resultado erróneo es trabajar también sobre la probabilidad y no sólo sobre la realidad”.

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