Se podría decir que la vida es una sucesión de hechos; que si uno los mira bien, están entrelazados, unidos. A veces lo están por fuertes ligazones; otras por una fina piel de cebolla. Vaya uno a saber … Lo cierto es que a mi, esta historia, me resulta así.
En el marco del 1º Encuentro Nacional de Titiriteros “De Los Niños” en Lo Espejo, en Chile, se realizó un homenaje a una pareja de titiriteros chilenos; legendarios hacedores de fantasía.
Se me pidió ayuda: había que escribir el homenaje. La fuente, una simple dirección de correo, hasta ese momento. Y aquí es donde empiezan los lazos mágicos, las uniones casuales, el tobogán de colores … Detrás de este homenaje, conocí a Paola, primero; y luego a Ariel y Patricia: los tres hijos del matrimonio. Un grupo de gente maravilloso y único, que corrieron el telón y dejaron ver la vida y obra de dos grandes personajes, dos maestros titiriteros andariegos, sus padres; que trazaron un camino para adelante, sí; pero también para atrás, para un costado y para el otro. No sólo para ellos; también para los demás.
La tercera persona, la voz del relato, no es tercera: es primera, la mía propia. Pues ya no puedo desligarme de ellos. Estoy involucrado; afortunadamente involucrado, para siempre. Así que, aquí va …
Esta es la historia de dos personas; dos grandes personas. Que quiso el destino se encontraran y unieran sus sueños, fantasías y deseos.
Ellos ya no están presentes; al menos no, físicamente. Pero sí lo están en nuestro recuerdo, nuestros sueños, nuestras sonrisas. Porque ¿qué mejor forma para recordar a un titiritero que riendo?.
Vaya aquí este homenaje a dos grandes, dos pioneros: el matrimonio de Pepe y Nena Ferrari.
Invierno de 1921 en San Fernando. Más precisamente, 9 de Julio. Un llanto anunciaba la llegada de José Miguel Ferrari Gonzáles a este mundo. José Miguel, que el destino y los amigos bautizarían Pepe; nombre que sería insustituible.
Criado en el seno de una familia tradicionalista, Pepe soñaba con viajes, aventuras; con letras; con escenarios. La naturaleza de Pepe estaba lejos de la rigidez, de los mandatos sociales: Pepe quería soñar, quería jugar, quería crear. Y sería con el devenir de sus años, que la vida le daría oportunidad para revelarse, para jugarse por esa pasión. Conocedor de la obra de Federico García Lorca, poeta y titiritero; y también de Don Javier Villafañe (a quien tuvo el gusto de conocer luego), Pepe guardó para este mundo un lugar en el corazón.
Huérfano de padre, Pepe quedó al cuidado de su abuela, su mamá y sus tías. Y cuando tuvo edad para estudiar una profesión, las mujeres decidieron que debía ir a Santiago a estudiar electrónica. Vio aquí Pepe una excelente oportunidad: en lugar de aprender sobre condensadores, circuitos y transmisores, Pepe se sumergió en un mundo de bohemia. Comenzó a frecuentar círculos literarios. También se arrimó a la Universidad de Chile. Allí se estaba armando el Taller Experimental de teatro. En esta etapa, también realizó trabajos en la radio.
La electrónica tendría que esperar (para siempre): Pepe había dado con su pasión; y sería muy difícil que renunciara a ella.
Enterados de esta aventura, en su casa lo hacen volver y requieren la intervención del padrino de Pepe, un Almirante. Entre todos deciden que lo mejor para Pepe era estudiar una carrera naval: allí lo disciplinarían. Pero Pepe era aventurero, sagaz y astuto. Volvió a Santiago, a cumplir con el mandato de su familia. Optó por la Marina Mercante …. y volvió al teatro y la radio. Volvió, también, a la escritura. De su paso por los círculos literarios, obtendría vínculos de amistad que duraron hasta la muerte de Pepe.
Una vez recibido, entró a trabajar en la Compañía Sudamericana de Vapores, como oficial. Cargo que ejerció durante cuatro años. El mar también era una pasión para Pepe. Y, más adelante lo demostraría. Pero, sigamos por aquí. En un descanso, unas vacaciones, Pepe regresa a su pueblo natal, San Fernando.
Una noche, llena de estrellas, Pepe concurre a una fiesta. Y querrá la vida que, allí mismo conozca a una joven, profesora y traductora del idioma francés, llamada Luz Elena Pardo Manriquez, a quien todos conoceremos como “La Nena”.
La cautivó con historias de mar, graciosas historias de mar … Pepe y Nena se enamoraron, casi de inmediato. Él la nombró su sirena. Y pocos meses después se casaron.
Él dejó su cargo en la Compañía de Vapores y se estableció allí, en San Fernando. Estaba decidido a hacer realidad sus sueños, sus fantasías. Viviría de la creación. Mientras, ella continuaba con su trabajo docente y como funcionaria en el Ministerio de Salud.
En esta época, además de frecuentar el teatro y la radio, Pepe funda junto a algunos artistas locales el grupo literario “Los afines”.
Los Ferrari tenían mucha vida cultural. Solían frecuentar la sede de la Sociedad de Escritores de Chile. Allí conocieron a Armando Menedín, que fue el gran amigo de Pepe hasta los últimos días de aquél.
El matrimonio tiene a su primogénita, Patricia, que seguiría los pasos de sus padres. Fue Patricia la “excusa” para que Pepe entrara al mundo de los títeres. El día del cumpleaños primero de la niña, Pepe realizó su primer función.
Prendado por la magia de los títeres, Pepe le propone a Armando Menedín crear una compañía: “Los alegres caminantes”, fue bautizada. Pero ésta duró tan sólo un año. La distancia kilométrica, que separaba a Pepe de Armando, complicó las actividades.
Pepe intentó nuevamente: esta vez con el argentino Alfredo Mossella. También duró poco.
Y este es un momento clave en la historia de nuestros homenajeados, pues aparece aquí La Nena.
Aquí se hace rica la historia, porque Nena también formaba parte de una familia algo tradicional y debió romper con la resistencia de toda su familia. Pero, al igual que Pepe, ella se sintió atraída por los títeres. Nena dejó todo y se fue junto a su amado, para formar el dúo que todos han conocido.
Nos cuenta Paola, su hija, de este paso: “…. (mi mamá) hacía los papeles femeninos; cocía los trajes; escribían juntos los guiones …. Además era una mujer muy racional y le ponía los pies en la tierra. Era más pragmática, aunque dejó todos sus intereses personales por seguirle … le gustaba mucho ese mundo tan distinto a su familia: todas profesoras, sus hermanas y mi abuela …”.
Una simbiosis; se necesitaban. Me cuenta Patricia, la mayor de los hermanos, que “… quizá un día, venía mi padre y decía a mi madre ‘Se me ocurrió una historia …’. Y ella, que estaba haciendo cualquier otra cosa, dejaba todo y se ponía a escribir. Así trabajaban. Juntos llevaban adelante la obra …”.
Hasta aquí, una primer parte. Queda mucho por saber de ellos. Pero, por cuestiones de espacio, debo dividir la nota. Paciencia, que ya viene la segunda parte.
Publicado el Martes 20 de octubre de 2009
Etiquetas: Chile, Los Ferrari, Nena Ferrari, Pepe Ferrari




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