Fernando Moncayo, Jorge Rey, Antón Lamapereira y Pepe Ruiz.

Fernando Moncayo, Jorge Rey, Antón Lamapereira y Pepe Ruiz.

Fue muy interesante escuchar a todos los que participaron en el debate, pues permitió a los asistentes hacerse con una cabal idea de dos realidades tan diferentes como son la española y la latinoamericana.

Hablaron en la mesa Jorge Rey, de Cachirulo y director del Festival, que hizo de presentador e incitador al debate, Fernando Moncayo, del grupo la Rana Sabia, de Ecuador, Pepe Ruíz, conocido titiritero de Argentina (grupo La Golondrina) instalado en España, y Antón Lamapereira, director de la Revista Galega de Teatro, que ejercició de moderador. En el público, hablaron y expusieron sus puntos de vista, Claudia…, de Ecuador, Teresa Grossi y Rufino Martínez, de la Casa de los Títeres, de Córdoba (Argentina), José Bolorino de Titerenet, Cecilia Percik, de La Hormiga de Argentina, David Torres, del grupo Tilintintero de Ecuador, Emilio e Idoia de Panta Rhei del País Vasco, César Parra de Títeres el Vagabundo de Chile, Toni Rumbau de La Fanfarra, y otros.

Tras una muy interesante e ilustrativa introducción de Fernando Moncayo, quién nos expuso a modo de pórtico la importancia del elemento titiritil en la América precolombina (una presencia que está documentada en los mismos testimonios de los Conquistadores, en imágenes muy antiguas como la estela maya con una figura clara de titiritero así como por las tradiciones vivas de máscaras y muñecos usados en fiestas y ritos pagano-religiosos –ver el video que acompaña este artículo), ya adivinará el lector que muchas de las intervenciones tuvieron un carácter reivindicativo ante situaciones sociales, políticas y culturales no siempre favorables al arte de los títeres.

En este sentido, se puso de manifiesto la distancia que existe entre las realidades españolas y latinoamericanas, la primera provista de importantes estructuras de sostén como lo ilustra la profusión de compañías y festivales más o menos bien dotados económicamente, y la segunda mucho más precaria. Sin embargo, se puso de manifiesto que en algunos países, como Argentina, Brasil y Méjico, existen compañías y estructuras altamente apoyadas y profesionalizadas, lo que indica una tendencia al alza de la situación en Latinoamérica, de acorde con la denominación de “Emergentes” con la que se suele calificar hoy a estos países.

Se expuso el deseo de la mayoría de aumentar la colaboración entre países, compañías y festivales, potenciando las coproducciones. Se llegó a la conclusión que si ello no sucede, es porque simplemente no se ha planteado, a diferencia de otros festivales y otros sectores teatrales, que tienen una mayor tradición en coproducir obras y compartir gastos y proyectos. El Festival Galicreques afirmó estar dispuesto a romper una lanza por este objetivo, lo que fue muy bien acogido por todos los presentes.

¿Viven los titiriteros la tortura de la “autoexplotación” de la que tanto se habló en las épocas del Teatro Independiente y de las primeras Salas Alternativas? Aparentemente sí, pero los titiriteros presentes pusieron de manifiesto que las carencias y las dificultades son también un acicate a la creatividad, al compromiso social y político, así como a una cierta “pureza” de las intenciones. Las dificultades se vencen con romanticismo viajero, como siempre ha sucedido en los campos del arte, haciendo de la necesidad virtud, lo que de paso le da vigor e inspiración. Aunque no por ello nadie deje de reivindicar mejoras en la financiación, en los apoyos, en las subvenciones, etc. En España, hace tiempo que en el mundo de los títeres se ha pasado de la “autoexplotación” a una cierta buena vida a base de bolos y campañas escolares, que han convertido a los antiguos titiriteros (no todos, por supuesto) en pequeños empresarios de teatro infantil, provistos la mayoría de buenos locales y modernos monovolúmenes y furgonetas. Una situación de acomodo que sólo aparece ensombrecida por el aumento de las obligaciones de papeleo que conlleva llevar hoy en día una empresa y recibir algunos ayudas estatales.

Se habló de la la condición transhumante de muchos titiriteros, especialmente latinoamericanos. En este sentido, se puso de manifiesto la importancia de este factor en la expansión del titiritismo a cargo de muchos titiriteros argentinos que, movidos por una u otra razón, han salido de su país y se han expandido por todas América Latina. Conocidas son las aportaciones de personas como los hermanos Di Mauro, Javier Villafañe, Carlos Converso, Pepe Ruíz,  y tantos otros que han exportado el arte de los títeres, enseñándolo en muchos países diferentes. De mismo modo, estas oleadas de argentinos viajeros han llegado a España, sembrando la Península de grupos, proyectos y enseñanzas siempre de alto nivel (los Hermanos Horacio, Cebreiro, Alcides, entre otros). Esta transhumancia tiene sus pros y sus contras, como es lógico, y a veces choca con los deseos de estabilizarse en algún proyecto de sala fija. Aunque la mayoría de los presentes con teatros estables indicaron que los viajes eran más bien un bálsamo además de fuentes de financiación complementaria y, en muchos casos, indispensables.

¿Se pagan dietas en las compañías de titiriteros?… A esta pregunta de Antón Lamapereira, que sin duda quería saber el grado de profesionalización del mundo de los títeres, hubo respuestas de todo tipo, pues bien sabido es que la sociología titiritera tanto en España como en Latinoamérica está caracterizada por una variedad casi infinita de formatos organizativos, en los que prima sobretodo la formación individual y muchas veces la familiar, de modo que la cuestión ni siquiera es tenida en cuenta. Claro que cada vez hay más compañías altamente profesionalizadas, que se organizan y actúan según los cánones de la empresa teatral estándar. Lo que pone una vez más de manifiesto la extrema variedad y la riqueza teatral que caracteriza a este nicho ecológico que es el titiritismo.

Para acabar, me gustaría referirme aquí a una anécdota que viví con el gran maestro Javier Villafañe, considerado por todos como el modelo romántico del titiritismo pobre y transhumante. Una vez que habíamos quedado en recogerlo para ir a cenar en casa de unos amigos, acudimos nosotros con una flamante furgoneta Mercedes Benz recién comprada de primera mano. Ante la imagen deslumbrante y poderosa del furgón, no pudo evitar Javier lanzar una sincera exclamación: – ¡Qué maravilla!, dijo el viejo pillo, y durante unos largos diez minutos no cesó de preguntar las características del motor, su potencia, la velocidad máxima, su capacidad de carga, etc. Lo preguntaba con verdadero interés y entusiasmo, demostrando saber mucho más que yo (un analfabeto en mecánica) en técnica automovilística, algo que es sin duda consubstancial al titiritismo de toda la vida, lo que demostraba cuan lejos estaba yo de este espíritu. Y es que a la hora de viajar, cuanto más cómodo y veloz se vaya, mejor. Cuando junto con Francisco Porras hizo Villafañe la Ruta del Quijote en un carro tirado por caballos, supe más tarde que en realidad viajaban en una moderna furgoneta y que sólo un kilómetro antes de entrar en un pueblo, cambiaban el furgón por el carromato, para hacer con quijotesca teatralidad su entrada romántica y triunfal. Detalles que ilustran a la perfección la mentalidad titiritera, siempre tan propensa al más estricto sentido común así como a la tradicional picaresca hispana.


Publicado el Jueves 15 de octubre de 2009

Etiquetas: , , ,