Esta fotografía llegó a mi por casualidad. Estaba allí, en mi escritorio; se dejó ver. No importa por qué, lo cierto es que me sedujo, me atrapó.
La misma forma parte del trabajo de Alfred Eisenstaedt, famoso fotógrafo alemán, considerado el padre del fotoperiodismo. El título de esta obra es “Children at a Puppet Theatre”, y fue tomada en 1963, en el Parque de Montsouris, en las Tullerias, París, Francia.
¿Qué estaban viendo estos niños?. Bueno, veían una representación de títeres, sobre la historia de San Jorge y el dragón. Lo que podemos ver aquí, es el momento mismo en que San Jorge da muerte al Dragón, y que Eisenstaedt captó a la perfección.
Pero yo no quiero hablar de fotografía. Sé muy poco de ella. Simplemente, quería aprovechar esta toma, que es una ventana a un universo inmenso: el cosmos de los niños.
Viendo ésta imagen me transporté a una época remota de mi vida; una época en la que cazaba mariposas, les ponía nombre y las declaraba amigas.
Pienso en lo magnifico del lenguaje titiritero, de esa gran posibilidad comunicativa; no sólo de ideas, sino, también, de emociones. Es más, den crédito ustedes a esa expresión de terror … ¡San Jorge le estaba clavando una lanza!.
Esos pequeños amigos, los títeres, están hechos en tela, en cartón o madera. Suelen medir no más de 30 centímetros. Y sin embargo, ahí estaban. Ahí están, transportando sentimientos nobles, que se comunican de corazón a corazón, dejando boba a la razón, que trata de ponerle nombres y categorías.
Señores, la nuestra es una profesión gloriosa. Un arte única, que vive y habita en una dimensión poco tangible, aunque se pueda ver y oír. Arte milenaria, labor del hombre, que aprendió a matar … pero también supo hacer poesía.
Y son los niños, de cualquier parte y condición social, los que mejores antenas tienen para captar la onda. Pero, también, hay grandes, adultos que, a veces, sintonizan la misma frecuencia y pegan ese grito de horror, dándole una oportunidad más a ese maltrecho dragón. Como titiritero me ha pasado, pude ser el artífice del viaje de algún mayor; y, cuando esto ocurre, me lleno de orgullo y agradecimiento. Por estar allí; por poder asistir a la liberación de un hombre; por poder ser testigo del vuelo de ese ser, que traspuso toda atadura, todo prejuicio y se entregó de corazón al momento.
Sin dudas, Alfred Eisenstaedt fue un grande. Y el Maestro titiritero de las Tullerías, también.
Publicado el Viernes 28 de agosto de 2009
Etiquetas: Alfred Eisenstaedt, Fotografía, San Jorge y el dragón




Me había topado también hace unas semanas con esta impactante instantánea. Claro, no se me había ocurrido escribir algo así al respecto… tan acertado y poético.
Gracias, Ricardo. Ah, yo me quedo con el pavor sin posibilidad alguna de respiración de la segunda niña por la derecha!