
Mauricio Terrazas con una marioneta gigante
He escuchado muchas historias, acerca de cómo los titiriteros hemos sido atrapados por los títeres. Cómo hemos surgido en este arte, de forma exploratoria; y cómo terminamos siendo cautivos de esos diminutos seres. Muchas historias he oído.
Hace poco, no mucho, escuché una nueva historia que, por alguna razón, me invitó a trascender. Es la historia de un titiritero peruano, Mauricio Terrazas.
El camino de este titiritero, su inicio, su surgimiento, debe escribirse en una bitácora, pues es el relato de un viaje: por tierra, sí; pero también por el cosmos.
Un paso tras otro
Aunque ha sido formado en las artes plásticas, su sensibilidad para con el resto de las disciplinas artísticas lo han ido transportando por un camino de búsqueda y encuentro, que lo ha llevado de un lado a otro.
“Mi tendencia artística parecía entonces muy amplia, pues la música ejercía tanta fascinación en mi como la literatura; tanto como el movimiento del teatro, la magia del cine, la mitología, la danza o la poesía. Me parecía muy lejano poder integrar todas estas disciplinas en un solo oficio…”.
El viaje llevaba ya tres años, allá por 1996. Y el artista plástico presentó unas esculturas móviles. Sin darse cuenta (o muy consiente de ello), estaba traspasando el umbral.
“…casualmente descubrí en ellas gran movimiento y gestualidad, sin haber visto casi nada de títeres. Mi intención no era hacerlos…”
Pero fue en ese viaje, en su búsqueda, que todo se transformó en torbellino de imágenes, dibujos y apuntes.
“Al elaborar el primer títere, los demás vinieron de golpe. En tres meses tenía un elenco que tuve que cargar a mis espaldas para continuar mi viaje. Así fui descubriendo que los títeres son la quinta esencia de todas las artes…”
Neófito de éstas artes, Mauricio sintió la necesidad de mostrarlos. Pero como aún no se sentía preparado, sus muestras fueron un juego, entre amigos, conocidos, y colegas. Por los destinos de su camino.
Y fue en ese camino, al llegar a Tucumán, que alguien lo vio. Alguien que pensó que esa mitología personal, que Mauricio estaba escribiendo, debía trascender.
“Llegando a Tucumán conocí a un elegante caballero en el Museo Casa Duende, que vio estas presentaciones y, de inmediato, me contactó con teatros, prensa y medios de televisión. Fue así que conseguí mi primer ciclo de títeres.”
En tres días se gestó “El globo invisible”, su primer obra, que luego fuera representada durante siete años.
Junto con la obra, nace también su compañía, Azoth, en el año 1997.
“Decidí entonces que debía nombrar de alguna manera a este teatro de títeres… Azoth es el nombre de un elemento alquímico muy sutil que está presente en el fuego, el agua, el aire, la tierra y el éter. En realidad, no es nada tangible…”
En esta etapa primigenia, las representaciones y la investigación iban de la mano. Se buscaba encontrar la esencia profunda de este arte. Fue en Tucumán, y luego en Buenos Aires, en el encuentro con otros titiriteros, con los que compartió trabajo, talleres y experiencia, donde rompió la cáscara. De ahí, en adelante, ese compañero sutil era bien visible.
Con las alforjas llenas de experiencias, de conocimiento, retornó lentamente a su Lima natal.
“Dos años me tomó volver a Lima, sumando aprendizajes en diferentes técnicas y practicando nueva dramaturgia…”
Un grado en la evolución: compartir conocimiento
Llevaba ya, en 2001, cinco años de ruta titiritera. Había afianzado su conocimiento, su arte. Estaba fuerte en este oficio.
Como siempre, fue una propuesta ajena quien lo invitó a compartir lo aprendido. Impartió un taller, en el cual conoció a aquellas personas que lo seguirían en su próxima etapa.
“…consideré que para entonces mi percepción del títere se había desarrollado en un estilo único y muy personal y la experiencia de campo era muy valiosa; estaba listo para compartir el conocimiento. Enseñar es la mejor forma de fijar el aprendizaje…”
Sus alumnos fueron sus compañeros futuros. Con ellos también aprendió. Venían de distintas ramas, de distintas disciplinas artísticas: eran un músico, una actriz, un artesano, un artista plástico, una escenógrafa, un titiritero y una escultora.
“Estos personajes enriquecieron grandemente la experiencia del títere, potenciando al máximo toda posibilidad creativa”.
El Colectivo Lulozar
Tantas mentes creativas juntas, no podían estarse quietas. Era natural que algo ocurriera. Y ocurrió: luego de un mes y medio de taller, nació el Colectivo Lulozar. El mismo funcionó durante dos años.
“Alquilamos una antigua casona frente al clásico Puente de Los Suspiros y trabajamos sin mas horarios, con una entrega total al proyecto de “El Baile de Primavera”, que desafiaba todo concepto anterior de cuanto habíamos investigado. El resultado fue muy interesante: una obra de sueños, que resultó preciosa…”.
El proyecto fue un éxito. Y tan bien les fue, que a alguien se le ocurrió llevar el trabajo a la televisión. Ahí arranca otra etapa, que será la plataforma desde la cual despegará la nave de Mauricio.
La televisión y el proyecto que no fue
La experiencia de Lulozar creció tanto, que a alguien se le ocurrió llevarlos a la televisión. Y sí, esa cajita unidireccional es muy tentadora. Así que todo el equipo se preparaba para la nueva experiencia.
Para darle mayor envergadura al proyecto, se sumaron un guionista; más titiriteros –además de los que Mauricio había formado-; y los indispensables productores.
“…Nos animaron a ir hacia delante. Ellos (los productores) consiguieron los equipos de cámara y edición.”
Al proyecto de programa se lo bautizó “Las aventuras de Jacinto”. Y fue, al parecer, un laboratorio incesante de ideas. Una rica experiencia en el plano artístico. No olvidemos las posibilidades que el títere brinda al audiovisual; y viceversa…
Pero fue justamente esto, el exceso de creatividad, lo que hizo que la torta se saliera del molde: el proyecto no tenía un objetivo claro y se enmarañaba en preparativos eternos, al tiempo que esperaban la aprobación definitiva que nunca llegaba.
“Nuestra falta de experiencia televisiva hizo que pasáramos por alto los intereses comerciales de los grandes ejecutivos de los canales y, literalmente, hicimos lo que quisimos … Considero que aún no era el momento, pues apostábamos a una televisión comercial sin entender aún al monstruo al que nos estábamos entregando…”
Sin darse cuenta, tal vez, Mauricio y su grupo habían descubierto una cosa: que el amplio proceso creativo que estaban encarando, necesitaba más espacio. Y, justamente, el de la televisión es bien acotado.
Nuevos rumbos
Ahí estaba Jacinto, esperando que alguna emisora lo compre. El tiempo pasaba y Mauricio escuchaba el sonido del viento que pasaba. Necesitaba viajar, volver a las rutas.
Algo tendrá México, algún tipo de magnetismo, que tanto ha atraído a los artistas. Muchos son los que allí encontraron su lugar.
“…Una creciente curiosidad por el Calendario Maya se instalaba en mis sueños. México me llamó de mil formas; la cultura Maya me atrajo desde siempre, inexplicablemente…”
Y aunque nunca llegó, la respuesta de los ejecutivos de venta de los canales fue determinante: nuevamente en los caminos, otra vez a viajar. Pero con una meta fija:Tulum.
Hasta aquí la primer entrega. En la próxima salida, conocerán la entrada de este titiritero en un mundo místico, metafísico. Una experiencia nueva, hecha de conocimientos ancestrales, arte y títeres, en la que Mauricio cobra identidad.
Para ir abriendo boca, le recomendamos la entrada de “De títeres en Perú” Popol Vuh: Historia de la Creación, una película de Mauricio Terrazas.
Fe de Erratas: No sé si fue el apuro; o, tal vez, la neurona bífida. Lo cierto es que donde dice “Colectivo Lulozar” debió decir “Colectivo Luzolar”. Sabemos que la sintaxis es un GPS de lo peor; y la tonta semántica va detrás. Hecha la salvedad, todos contentos.
Publicado el Lunes 20 de julio de 2009
Etiquetas: Azoth, Mauricio Terrazas, Perú


