
Tradicionalmente los titiriteros construyen sus muñecos, teatros, escenografías, buscan la caracterización de sus personajes a través de la voz y los movimientos y, finalmente dirigen la puesta que ellos mismos interpretan.
Muchas veces esta cantidad de aspectos a tener en cuenta redunda en una evidente falta de dirección de la obra. Un alto porcentaje de elencos independientes pulen sus espectáculos guiados por la respuesta del público, por sus silencios y murmullos. Sin embargo, la presencia de un director puede ayudarnos a recorrer un camino más corto y menos tedioso.
Artículo de Pablo Sáez.
Fotografía de aleske
La institucionalización de la figura del director es relativamente nueva en el teatro occidental. Aunque hay antecedentes en el teatro griego, el “didascálico” era algunas veces el autor mismo. En la Edad Media el jefe de actores tenía la responsabilidad en los Misterios. En el Renacimiento y el Barroco era frecuentemente el arquitecto o el escenógrafo. En el siglo XVIII los grandes actores toman la función continuando la tradición de la Comedia del Arte donde el “capo cómico” marcaba entradas, salidas y movimientos en escena. Es en el Naturalismo donde la dirección llega a ser una disciplina y un arte en sí misma. (Antoine y Stanislavski.)
Además de los principios generales de la composición, que se aplican tanto a la pintura, a la música y a otras formas de arte combinadas como en el teatro, hay varios principios específicos y muy prácticos que rigen estéticamente para el escenario. Determinados métodos probados de asegurar una visual clara (por ejemplo dos actores enfrentados 3/4 de perfil) han sido siempre útiles; también los que subrayan y amplían la acción de una figura importante, etc. Son “reglas” que han de tenerse como experimentales, relativas y adaptables a cada nueva situación dramática según esta se presente. Los elementos de la composición escénica que el director debe entender y tratar de controlar son visuales y auditivos a la vez. (S. Selden, La escena en Acción, Ed. Eudeba.)
La puesta en escena es también el trabajo práctico con los actores, el análisis de la obra y las directivas precisas sobre la gestualidad, el desplazamiento, ritmo y fraseo del texto. El estudio del personaje, de sus motivaciones, de su fuero interior, es tarea conjunta del intérprete y del director; se trata después de encontrar los medios expresivos más apropiados para la interpretación del papel, de pasar constantemente de una aprehensión global de la obra a una encarnación de los diferentes momentos del rol, del gestus fundamental de la obra a la sucesión de los diferentes gestos de los actores. (P. Pavis, Diccionario del Teatro, Ed. Paidos.)





