Otome Bunraku
Foto: Otome Bunraku por Manami Sakamoto

Olvidos*

Tomemos un momento la siguiente frase de Jacques Lecoq y pensémosla un momento.

Todo movimiento que no termina es como si nunca hubiera comenzado”

Esta es una de las herramientas menos discutidas sobre la acción y el movimiento; pero si nos alejamos un poco de nuestro interés profesional y aplicamos el mismo concepto a otras esferas, éste axioma puede servir para casi todo en la vida. Porque en realidad, vamos aprendiendo más tarde que pronto que lo que no se acaba nunca ha comenzado, nunca ha existido.

Por eso es tan difícil concretar y perdurar; no basta con tener ideas, lo importante es registrarlas. No basta con emprender un camino, no basta con haberlo elegido y haberlo construido paso a paso, si no se llegua en buenas condiciones hasta el final. Después de andar y andar, los versos ya no suenan de la misma forma. Cansina y lejana, la poesía parece una ignota infancia que no sabemos si un día tuvimos. La vida ya no ruge intempestiva, el mar no rompe las olas sino que las mece.

El comienzo, en el fondo, depende del final pero no por ello terminamos las cosas mejor que comenzaron. Los comienzos son difíciles pero intensos y casi siempre son mejores que los finales. Ponemos más ilusión, más sugestión; de algún modo la gente que se dedica a esto del arte es muy sentimental y emotivamente frágil.

¿Es por eso que los finales están tintados casi siempre de pasividad, conformismo, previsibilidad, dispersión y cierta idea de que se está de vuelta, de que está todo controlado, de que no hay nada más que crear o decir, de que el terreno está quemado?

Quizás también ahí esté la razón de lo complicado que es construir un “movimiento” en cualquier faceta de la vida. Nadie atiende para finalizar bien las cosas, así que después lo que queda es una imagen difusa o bien una fotografía inmóvil. Otra para la colección de situaciones, afectos y rutinas que no son nada a fuerza de no tener una buena pausa de calidad.

Siempre he desconfiado de lo que llamo “bailes populares” y “cantos de la amistad” que se producen cuando un proyecto colectivo comienza, pero rara vez me he negado a ellos por consideración a los demás o, directamente, por no ser borde. Pero pensemos que si esa energía derrochada se supiera administrar hasta el final, éste se convertiría en colofón, traca, síntesis, cierre perfecto o puerta abierta.

El final no sale solo, no debe ser fruto de la rutina, de la mecánica aprendida, todo movimiento ha de tener un final que no sea hijo de la desidia ni de la inercia. El final reclama calidad. El dibujo que queda de las cosas depende de cómo terminen.

*Olvidos no responde a una utilidad clara. En todo caso es una necesidad de ir tirando de las cosas que uno cree que ya no sirven para nada. Cosas que se aprendieron y no se pusieron en práctica, debidos como estamos a la subsistencia propia, al mercadeo impropio y a la librecompetencia esclava. La palabra “artístico” se ha vulgarizado demasiadas veces y los “artistas”, en general, no se sacuden de encima tópicos y prejuicios. Pocos se aventuran, se arriesgan, pero todos creen hacer arte. Ser creativo no es una propiedad intrínseca de quien se define artista.


Publicado el Jueves 5 de julio de 2007