Época prehispánica: algunas pistas
Versión para imprimir Viernes 19 de Enero de 2007 (Historia de los tÃteres) por José Luis.
Este es el segundo capÃtulo del trabajo realizado por Sergio Herskovits de la compañÃa PayasÃteres, del que ya habÃamos publicado el primero de ellos.
“Asà como la historia de los tÃteres y marionetas en Chile ha sido ignorada oficialmente, más difÃcil es aún consignar algunos hechos en el perÃodo prehispánico, época que permanece ignorada con mayor razón. Para hacer un esbozo de la era primaria de nuestro territorio, es necesario consignar la llegada de los primeros habitantes a nuestro joven Continente”.
Si nos remitimos a evidencias arqueológicas, los primeros pobladores de América llegan desde el Continente Asiático hace aproximadamente 50.000 años A. C. pasando de Siberia a Alaska tras las huellas de animales de caza. A Chile -el último rincón de la región- llegan supuestamente alrededor del año 15.000 A.C.
Aunque no existen pruebas contundentes, es muy probable que también hayan llegado algunos grupos malayo-polinésicos y australoides, navegando por el Océano PacÃfico. A la llegada de los Españoles, las distintas tribus y culturas habÃan logrado diversos grados de desarrollo que para los conquistadores fueron imperceptibles. Lo que genera una serie de afirmaciones sin asidero cientÃfico y que estigmatizó a estos pueblos.
El historiador José Toribio Medina, escribe en su libro “Los AborÃgenes de Chileâ€?:
“La esterilidad de la AraucanÃa en pictografÃas, no tiene nada de extraño si se considera que, a la llegada de los españoles, era este un pueblo pobre, habitado por hombres que vivÃan en plena edad de piedra, en el grado más primitivo de la cultura, al parecer con muy pocas ideas de religión, sin fantasÃa, sin sentido artÃsticoâ€?.
Barros Arana es otro historiador que menosprecia la cultura originaria y agrega: “El suelo chileno fue ocupado hasta la época de la conquista incásica del siglo XV por bárbaros que no habÃan salido de los primeros grados de la edad de piedra”. El antropólogo Plagemann afirmó a principio del siglo XX que los pueblos originarios de Chile “no tenÃan prácticamente ningún tipo de cultura y que tal vez nunca han existido verdaderas pictografÃas araucanasâ€?.
Sin duda, una serie de juicios y prejuicios falsos que repletan los libros de Historia que hablan sin mayores conocimientos de los aborÃgenes prehispánicos que habitaban el territorio y que lamentablemente muchos cronistas contemporáneos continúan repitiendo como ciertas. Descubrimientos y estudios posteriores se han encargado de desmentir rotundamente estos dichos.
Es el doctor Aureliano Oyarzún, Arqueólogo y Antropólogo de reconocido prestigio en Chile y el mundo, quien afirmó categóricamente que los habitantes que poblaron el norte y el centro de Chile poseÃan una cultura “mas elevada que lo que comúnmente se cree”.
El Trinacrio dado a conocer también por A. Oyarzún, conecta las figuras de siete platos de alfarerÃa Mapuche encontrados en la zona central de Chile, y los bautiza como Trinacrio Mapuche por su similitud con el conocido sÃmbolo del escudo de la Trinakria de los antiguos griegos, una de las civilizaciones más avanzadas del Viejo Mundo, que representan los tres montes o cabos de la isla de Sicilia y que en la simbologÃa mapuche representan los tres elementos donde se concentra la vida: la tierra, el aire y el agua.
Dice Llansó en “Historia General del Arteâ€?: “escribir el proceso de la cerámica, equivale a narrar la historia de la humanidad”. Aplicando este principio a los aborÃgenes de Chile. llegamos al convencimiento de que lo que se sabe de ellos es escaso y lleno de conjeturas. En el Norte del paÃs los indÃgenas realizaban un complejo proceso de momificación para lo cual abrÃan el cadáver, extraÃan las vÃsceras, lo disecaban al fuego y lo rellenaban con manojos de totora, lana y cuero. Le cubrÃan la cabeza, el cuerpo y el rostro con una capa de barro de varios centÃmetros y le pintaban de colores. A veces se les adornaba la cabeza con una peluca de manojos de cabellos que descendÃa hasta debajo del tronco y se les enterraba acompañándolos de diversos objetos que les habÃan servido en la vida terrenal. Cabe destacar que este sistema de momificación se adelanta en 5.000 años a las momias de Egipto. Obviamente estos ritos mortuorios nada tienen que ver con la historia de los tÃteres, pero si nos muestra claramente una necesidad de estos aborÃgenes por utilizar y simbolizar -mediante imágenes- al hombre. Junto a estas momias se encontraron restos de pequeñas figuras antropomorfas.
En excavaciones de cementerios indÃgenas se encuentran en el interior de las tumbas utensilios y herramientas que muestran la profunda división que existÃa entre los sexos y las labores realizadas. Es asà como junto a los muertos hombres se descubren anzuelos, redes y balsas en miniatura. Llama la atención que no son los mismos utensilios que ocupaban en vida, sino que curiosamente, son las réplicas en escalas menores muy similares a los utensilios que emplean los tÃteres. Sus costumbres, alfarerÃa, creencias y manifestaciones religiosas demuestran justamente lo contrario a las frases ultrajantes de los historiadores oficiales.
De las prácticas matriarcales nacieron luego los bailes de máscaras procurando representar al tótem, antepasados directos de los tÃteres y marionetas.
Tuvieron sociedades secretas o esotéricas con bailes especiales, manteniendo una vigilancia especial para que ningún profano pudiera acercarse a los lugares donde se efectuaban estas funciones.
En el Ã?rea de los Valles Transversales los primeros agricultores conforman la cultura diaguita, los que desarrollan fuertemente la alfarerÃa y en cuyas tumbas se encuentran objetos de cobre y arcilla, sobresaliendo unas figurillas que imitan el cuerpo humano. La cabeza y el tronco están unidos, carecen de brazos y las piernas apenas se notan. Quizá se relacionan con cultos a la fertilidad. También en Cementerios de la zona de CautÃn y Valdivia, se han hallado tiestos de cerámica color negro con formas humanas o de animales, conocidas como Pitrén, calculándose su confección hacia el año 1400 D.C.
Todas estas figuras carecen de articulaciones, -elemento que muchos especialistas consideran indispensable para ser consideradas dentro de la familia de los tÃteres- aunque personalmente considero absolutamente factible la posibilidad de utilizar un muñeco desprovisto de articulaciones, como un elemento dramático. La mejor prueba de esta teorÃa, son las estatuillas o Moais Kavakava de la Isla de Pascua, que a pesar de ser un muñeco que carece de articulaciones, existen antecedentes y relatos que indican su condición de marioneta o tÃtere manejado con hilos.

Quien si reúne estas caracterÃsticas, es una pequeña figura de piedra encontrada en la zona central del paÃs y que se le conoce como “Ã?dolo de Curicóâ€? y que bien podrÃa tratarse de un tÃtere. Es una figura esculpida en un tipo de piedra inexistente en la región, por lo que tiene que haber llegado de otra zona al lugar. Aunque esculpida toscamente, tiene los rasgos bien definidos. El rostro mide 79 milÃmetros es triangular, ojos circulares esculpidos en relieve, un ensanchamiento en los bordes de la cabeza a modo de orejas, también la nariz es una pequeña protuberancia, aunque no muestra los orificios propios de una nariz. PodrÃa pensarse que es una figura ornitomorfa (figura humana con rasgos de ave) tanto por su rostro, como por sus curiosas manos de tres dedos que también podrÃan tratarse de alas. Los brazos están separados del cuerpo y entre los brazos y el tronco, aparecen una serie de orificios cónicos muy regulares, algo arqueados hacia abajo.
En el borde superior de la cabeza hay un hueco circular de 3 cm. de profundidad por el cual podrÃa pasarse un cordel para sostenerlo, el busto mide 62 mm. lo que sumado a la cabeza, hace que esta figura mida apenas un poco más de 14 cm.
La interrogación que considero lógica plantear es: ¿Los tÃteres nacen con la creación de las articulaciones en las figuras? ¿O es que una figura rÃgida no puede ser manipulada? ¿Por qué siempre se ponen como ejemplo de tÃteres, solamente figuras que tienen articulaciones? Siempre que se describe un tÃtere descubierto en alguna excavación arqueológica, se parte con la descripción de las articulaciones como una condición categórica para ser considerado un muñeco animado.
El objeto o muñeco ¿es un tÃtere a partir del momento que es utilizado para apoyar una narración y para representar una acción dramática, o a partir del empleo de articulaciones en sus extremidades? ¿Acaso estas figuras precolombinas no podrÃan representar a personajes imaginarios o reales, cumpliendo una función narrativa y/o dramática?
Es difÃcil responder a muchas interrogantes después de tantos cientos de años transcurridos, pero si podemos estar seguros que estas acciones son el germen de la necesidad de representar al hombre y darle vida, de las diversas culturas que poblaron la tierra.
Estas figuras fueron utilizadas de tal manera que, -aunque sin tener una directa relación con un espectáculo teatral-, nos acercan a celebraciones y rituales donde podemos vislumbrar los orÃgenes de manifestaciones que posteriormente evolucionarán a ceremonias artÃsticas, al teatro humano, al teatro de objetos o al teatro de tÃteres que es el objeto de estos artÃculos.
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