Literatura
Foto: -bartimaeus-

Volvemos otra vez al texto “Historia crí­tica del teatro infantil español”, de Juan Cervera, en el que habla también de la literatura de tí­teres.
“Las variadas denominaciones que ha recibido el teatro de muñecos -tí­teres, marionetas, fantoches, retablo, guiñol, tí­teres de guante, etc.- responden o no a distintas especialidades o momentos. Pero aquí­, en este trabajo, no interesa su distinción, sino su relación con la literatura, la que podrí­a llamarse literatura de tí­teres”.

O sea, que primordialmente se pretende esbozar una reseña de las obras de teatro que especí­ficamente responden al teatro de tí­teres o teatro guiñol, sin entrar en discriminaciones que serí­an innecesarias.

Remontarnos a los orí­genes de los tí­teres es tarea poco menos que imposible. J. E. Varey, especialista en el tema, habla de representaciones de tí­teres en teatros públicos y palaciegos en España desde 1211.

De la popularidad de estos artefactos mecánicos han quedado diversos testimonios en nuestra literatura, principalmente en las obras de Cervantes, El Licenciado Vidriera, El coloquio de los perros y en el mismo Quijote.

En el ambiente de los tí­teres quedan incógnitas indescifradas como los orí­genes de los tí­teres de La tí­a Norica de Cádiz, y todaví­a hay extremos más curiosos por aclarar, como, por ejemplo, si la palabra tí­tere se aplicó a los teatritos de muñecos y no se extendí­a muchas veces también a actores verdaderos confundiéndose la expresión tí­teres con volatines o volatineros, ya que a veces la palabra tí­teres se emplea simplemente como sinónimo de curiosidades.

A lo largo de nuestro trabajo hemos hecho diversas alusiones que van desde los milacres de San Vicente Ferrer con sus autómatas, hasta el Teatro de Tí­teres de las Misiones Pedagógicas, dirigido por Miguel Prieto, pasando por las primicias del teatro infantil de Hartzenbusch, sin olvidar otras obritas, como las de Ví­ctor Aúz y Francisco Riego, cuyos textos hemos juzgado como teatro normal, por considerarlos ambivalentes y más cercanos al teatro que a los tí­teres, ya que su acción y elocución son puramente dramáticas y carecen de elementos juglarescos.

Otra idea que hay que dejar en claro es que en sus inicios y durante mucho tiempo los tí­teres, marionetas y demás no han sido espectáculo exclusivamente infantil. Los testimonios en favor de esta tesis son abundantes.

La literatura de tí­teres.

Los textos no existen propiamente, durante mucho tiempo; se trata de historias de transmisión oral que cada titiritero va alterando y modificando a su gusto.

Hay que llegar al siglo XIX, en 1837, para enterarnos de que se encargan a Hartzenbusch unos textos dramáticos para recreo de la Reina, entonces de siete años, para representarlos -«ya por las figuras de un teatrito mecánico… ya por actores de muy corta edad-». Las obritas fueron La independencia filial y El niño desobediente. Y nos encontramos ya ante esta caracterí­stica corriente en la literatura escrita para tí­teres: su ambivalencia para el retablo y para la escena.

Benavente recuerda que durante su infancia uno de los propietarios de un guiñol callejero de Madrid compraba alguna de las piezas que se le ofrecí­an. Pero esto no pasa de ser una anécdota en el terreno de la literatura para tí­teres, en realidad inexistente, por lo menos en su forma escrita.

Salvador Bartolozzi.

El mismo proceder de Salvador Bartolozzi confirma este aserto.

Salvador Bartolozzi Rubio, español, hijo de padre italiano y de madre segoviana, fue creador prolí­fico tanto en su faceta de dibujante como en la de escritor. Bartolozzi fue el creador del Pinocho español y como tal ha sido siempre considerado. Es más, desde su puesto de director artí­stico de la editorial Calleja no sólo publicó cuentos muy variados, sino que creó personajes como Chapete, oponente de Pinocho, los populares Pipo y Pipa, y otros que se incorporan luego al guiñol de su creación.

En este guiñol Bartolozzi y su esposa y colaboradora Magda Donato, mantendrí­an un prestigio y popularidad que raramente alcanzan los escritores de literatura infantil.

El cariño de Bartolozzi por el teatro de guiñol hace que cree uno en Francia y luego otro en México durante su vida de exiliado. Pero Bartolozzi no publica sus obras para el teatro de tí­teres. Por regla general son sus mismos personajes y sus mismos textos narrativos los que utiliza para el teatro de guiñol.

íngeles Gasset.

íngeles Gasset constituye una excepción en esto de la publicación de obras de teatro de tí­teres. Desde bastantes años mantiene en el Colegio Estudio su teatrito de tí­teres.

Fruto de estos trabajos y experiencias son los casi únicos libros aparecidos en España con obritas del género, pues hay que precaverse ante ciertos libros que contienen las palabras guiñol o tí­teres en el tí­tulo, pero que en el fondo son libros de teatro infantil.

íngeles Gasset publica Tí­teres con cabeza (Aguilar, Madrid, 1960), La princesa cautiva y La canción del marinero (Anaya, Salamanca, 1964), La bruja cigí¼eña (Doncel, Madrid, 1966), y Tí­teres con cachiporra (Aguilar, Madrid, 1969).

Cada libro contiene varias obras cortas. Así­ Tí­teres con cabeza, además de las explicaciones para la construcción de tí­teres y su manejo, contiene seis obritas cortas que equivalen a otras tantas representaciones. Pelos, monaguillo, Los tres deseos, El palo de la justicia, El sabio distraí­do, La cesta mágica y El ventano del diablo.

Se nota inmediatamente, al leer cualquiera de las obras de íngeles Gasset, que tiene dominio de la técnica, ya que tanto el lenguaje como las acotaciones acusan el conocimiento del espacio guiñolí­stico, por decirlo de alguna forma, que naturalmente presenta caracterí­sticas distintas del teatro. La forma de realizar los mutis los personajes, de morir, de dirigirse a un lado o hacia el otro solamente pueden haberse logrado tras años de práctica. El lenguaje por otra parte es directo, dinámico, expresivo y muy infantil, con algunas exclamaciones que más que otra cosa pretenden provocar la hilaridad o la sorpresa de los niños.

Los nombres mismos de los personajes ayudan a su caracterización. -«Pelos-», -«Guindilla-», -«Caballero de Pluma y Sombrero-», -«Panchita-», son apelativos que tienen fuertes evocaciones para el niño, evocaciones que suponemos subrayadas fácilmente en la puesta en escena.

Por otra parte, aunque no evite los tradicionales golpes y amenazas un tanto excesivas propias del género, que para nosotros son lo menos lucido del teatro de guiñol de íngeles Gasset, sabe crear ambientes fantástico-realistas que tanto gustan a los niños aficionados al guiñol.

Al margen de la producción literaria para tí­teres, hay que reconocer que aunque éstos en algún momento parecí­an a punto de extinguirse o de quedar relegados a fiestas infantiles de niños de familias burguesas, han recobrado un pulso en la actualidad e incluso han ganado prestigio como actuación teatral, aunque no literaria.”

Fuente: Cervantes Virtual