La voz orgánica
Versión para imprimir Martes 19 de Septiembre de 2006 (Formación) por José A. Triguero.

Fotografía de felixmolter
En el teatro para niños los actores impostan las voces de los personajes, infantilizándolas a veces y otras, falseándolas. Y no es que no se deba impostar o falsear la voz. Eso sí, infantilizar los espectáculos es tan depravado como hablarles a los críos pequeños como si fueran tontos o a los ciegos a gritos.
El titiritero se libera en alguna medida de esta influencia, ya que la organicidad de la voz la hemos de encontrar en el títere; es decir la voz ha de parecer la del títere y no que viene de otro lugar.
Todo artista tiende a la organicidad, que es - al mismo tiempo- un punto de partida. Para entendernos, “ser orgánicos” significa partir de uno mismo. Para entendernos también, el mejor ejemplo de lo que no hay que hacer, lo encontramos en los presentadores de televisión y sobre todo en los telediarios, salvando al gran Lorenzo Milá, presentador de la 2 de Televisión Española. En la mayoría de de programas televisivos, podemos ver como la voz no corresponde con los movimientos y con la actitud del cuerpo de quien habla (¿recuerdan a Jesús Hermida?). Por ello lo que dicen está exento de verosimilitud, les falta el apoyo físico necesario. Hoy, a eso, se le llama objetividad o, peor aún, neutralidad.
Otro ejemplo sangrante son los doblajes de las películas; en este caso, las voces de los actores parecen que no salieran del cuerpo que las emite, es como si las voces se originaran en una habitación contigua que no vemos en el plano. Cualquiera puede comparar una misma secuencia en su idioma original y luego verla doblada. Se ve así de forma clara qué es orgánico y qué no. Eso sí, siempre que la película que elijamos sea buena.
Esta tradición nuestra de oír las voces desnaturalizadas y fingidas por el doblaje, y la falta de formación vocal de la mayoría de escuelas de teatro, se deja sentir. Es curioso observar cómo actores que hablan con naturalidad en su vida cotidiana, nada más subirse a un escenario, cambian de forma automática la voz por otra que coge prestada de no se sabe donde, anunciando a los cuatro vientos que se está haciendo “teatro”. Es dificil no dejarse arrastrar por las inflexiones de voz de los dobladores que han quedado en nuestra memoria. Y es que es notoria la falta de un buen desaprendizaje entre los actores. De eso sabe mucho el director y profesor onubense Vicente León, del que tuve la gran suerte de recibir unas nociones básicas sobre la voz (y sus clichés) y el cuerpo del actor.
El titiritero se libera en alguna medida de esta influencia, ya que la organicidad de la voz la hemos de encontrar en el títere; es decir la voz ha de parecer la del títere y no que viene de otro lugar. El titiritero ha de desaparecer, limando tensiones y poniendo su centro de gravedad al servicio del centro de gravedad de la figura. Desde ese centro presta su voz al títere.
Por otro lado, podríamos decir que el títere es un objeto o material inerte condenado a sobreactuar; ésto ayuda a que las voces impostadas y falseadas sean verosímiles. Cuando el titiritero emite su propia voz, el impulso del actor manipulador dará, de manera automática, la organicidad necesaria al personaje, siempre que exista la proyección adecuada, que es lo que hace el marionetista con su instrumento: lo dota de vida a través de esa energía que circula entre ambos: su propia sinérgia. Conexión entre el cuerpo vivo y el objeto inerte.
Nota.- En televisión o cine - y éste es el caso de Los Lunnis de Televisión Española- se utilizan audios grabados para realizar cada secuencia, así que el problema de la organicidad es bien distinto. ¿Cómo es el diálogo del cuerpo del títere con esa voz grabada? Prometo pensármelo.
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