La Trampa, de Guaira Castilla
Versión para imprimir Sábado 15 de Julio de 2006 (Textos) por José Luis.

Guaira Castilla, gran titiritero en todos los sentidos -sobre todo en el profesional y en el humano- nos ha enviado varios de sus textos para teatro tÃteres para que los publiquemos en titerenet, porque como dice él “Quizá a algún compañero le sea util”.
Nos será útil necesariamente, uno, el arte de su trabajo de escritura y otro el arte de su generosidad.
Es posible que alguien no conozca a Guaira Castilla, pues es un maestro titiritero argentino. Heredero de una larga tradición latinoamericana, caracterizada por la limpieza formal, la simplicidad de medios y por incidir en la fuerza expresiva basada en el trabajo gestual de los muñecos.
Es, como no podÃa ser de otra manera, un viajero infatigable.
Por cuestiones de espacio, iremos publicando de a poco algunos de los textos que nos ha enviado.
Comenzamos por La Trampa, Ocho piezas mÃmicas para tÃteres y un ejercicio para teatro de sombras.
De esas ocho piezas, hoy publicamos cuatro:
* Presentación con perro.
* La lÃnea.
* El eco.
* Reclamo.
Presentación con perro.
La sala oscurecida se va iluminando lentamente y deja ver cómo el perro peludo se despierta a causa de la claridad.
Mira curioso a todos lados.
Se desentumece, bosteza y vuelve a acostarse.
De pronto, ve que en tres largos brincos, de derecha a izquierda, pasa la pulga.
Dormita un momento y ella salta en sentido contrario.
Se queda mirándola un instante.
Luego, la pulga viene hacia él y se le mete en la pata izquierda.
Con unos dientes exageradamente grandes, el perro se rasca.
Se tranquiliza un rato pero la pulga ha saltado a la otra pata.
El perro se rasca otra vez y luego descansa.
Al rato la siente en el flanco derecho. Se estira como puede y trata de llegar con sus dientes. Se relaja.
La pulga pasa al flanco izquierdo. Cuando él lo nota, abre los ojos, la mira y como no puede alcanzarla, le ladra furioso.
La pulga se esconde bajo el rabo. El perro desesperado se sienta enérgicamente golpeándose contra el suelo una y otra vez sin aliviarse, entonces camina de un lado al otro con las patas delanteras arrastrando la cola para rascarse y logra que la pulga suba a su cogote.
El perro se rasca estirando el hocico y desde su cuerpo van subiendo letras, que suspendidas encima suyo, forman las palabras con el nombre del teatro.
Luego el perro se sacude como si estuviera mojado y las letras caen, desapareciendo en el suelo.
El perro se va con un trote rÃtmico por izquierda. Apagón lento.
La lÃnea.
(Pieza para teatro negro)
A Edgar DarÃo González
Personajes
Manuel
La LÃnea
Con la escena a oscuras se oye venir a Manuel. Se lo siente cerca, más cerca, y de pronto se detiene. Luego da un paso y otro y aparece por la izquierda, gris, sereno y cauto.
Presiente que lo están viendo.
Observa en rededor, mira al suelo, da un paso, y cuando toca el piso, desde su pie, hacia la derecha, se extiende la lÃnea blanca, luminiscente.
Sorprendido, levanta la pierna y la lÃnea se retrae hasta desaparecer.
Posa el pie y la lÃnea vuelve a desplazarse.
Pisa con el otro pie y la lÃnea se ondula hacia la derecha como un puente flotando sobre el agua.
Da otro paso y la onda regresa elevándolo cuando pasa debajo suyo hasta disiparse a la izquierda.
Jubiloso, permanece haciendo equilibrio un instante.
Piensa.
Busca dónde sentarse.
Con un fuerte golpe se sienta en el piso y la onda retorna llevándolo y trayéndolo sentado de un extremo al otro hasta dejarlo en el centro. AllÃ, se yergue y gira sobre una pierna como un bailarÃn.
Pisa a la derecha y una parte de la lÃnea se eleva lenta formando un arco.
El lo mira de arriba abajo.
Pisa a la izquierda y se eleva la otra parte encerrándolo en un cÃrculo.
Alucinado comprueba que está preso.
Intenta caminar dentro de él pero resbala y cae de bruces. Vuelva a probar y logra avanzar empujando a cada paso el cÃrculo donde está cautivo. Asà va a la derecha, a la izquierda y regresa al centro.
Luego va al extremo izquierdo y allÃ, de un pisotón desarma el cÃrculo que vuelve a ser la lÃnea horizontal.
Posa otra vez el pie y la lÃnea sube en diagonal hacia la derecha.
Trepa por ella hasta la mitad y allÃ, como en un juego de sube y baja, la lÃnea se inclina hacia el piso y él desciende por ella divertido.
Con un envión de sus piernas asciende con la lÃnea pegada a sus plantas y desde la altura se desliza como por un tobogán hasta el centro, a la vez que la parte izquierda se eleva y lo deja meciéndose en el aire como en una hamaca.
Luego, gozoso, se cuelga de los brazos balanceándose como un trapecista.
Se monta otra vez y queda en reposo como acostado en una medialuna.
Sube hasta uno de sus cuernos, grita “hop�. La punta de la derecha baja y él desciende hasta el suelo.
Pisa con fuerzas y la lÃnea se desploma formando el piso otra vez.
Suspira satisfecho y se marcha por la izquierda a la vez que la lÃnea se va enrollando tras él hasta que desaparecen.
El eco.
(Pieza para teatro negro)
A Carlos Roberto Aranda
Personaje: El Solo.
Un muñeco del que sólo se ven la cabeza, las manos y los pies.
Viene desde lejos.
Lento y vacilante busca aquà y allá un lugar incierto.
Abatido se detiene a mitad del camino.
Descansa.
Se quita el sudor de la frente con el revés de la mano.
Piensa.
Reanuda su marcha, aliviado.
Sus pisadas suenan apagadas pero al llegar al proscenio, el último paso se oye con resonancia.
Con la esperanza de haber encontrado lo que busca, observa y descubre ante él un enorme abismo.
Agitado por el hallazgo, se asoma para indagar. Pierde el equilibrio y a los manotazos recupera su posición.
Se recompone.
Con cautela se aproxima para otear y desde la hondura sube silbando el viento con unas delgadas ráfagas de gasa lila que en remolinos, se desvanecen lejos.
Queda acechante, indeciso.
Se decide y golpea las manos hacia la derecha y desde allá le responde el eco una sola vez.
Espera.
Golpea hacia la izquierda y el eco se repite infinitamente.
Entusiasmado, celebrándolo, golpea hacia el centro pero no obtiene respuesta.
Aguarda largamente.
Cabizbajo, gira y regresa por donde vino.
A mitad de camino le llega el sonido de una palmada tenue.
Se queda inmóvil.
Se voltea. Reflexiona y emprende el regreso.
En contrapunto, a sus pisadas le siguen otras, acompasándolas.
Extrañado, se detiene. Los otros pasos hacen lo mismo pero unos trancos mas allá.
Torna a caminar y esta vez el sonido de los pasos suyos se despegan de su marcha adelantándosele veloces.
Él, asustado, afligido, corre y los alcanza.
Estirando las piernas exageradamente, con una seguidilla de pisotones, logra calzárselos y se viene, ya con ellos, caminando al unÃsono hasta el abismo.
Ayudándose con las manos en pantalla, hacia la izquierda grita un “aaaah�, que suena opaco y seco.
En vano espera el retorno que no llega.
Grita hacia el frente y vuelve a esperar inútilmente.
Grita hacia la derecha y su voz reverbera.
Respira aliviado.
Repite su grito hacia los lados y al frente con el mismo resultado.
Complacido, grita “hola� hacia la derecha y desde allá el eco le devuelve los “hola� con una sucesión de cabezas iguales a la suya que vienen hasta él y, a medida que repiten el sonido, aparecen y desaparecen disminuyendo de tamaño hasta que la última, muy pequeña, se introduce en su boca.
Se toma con una mano el gaznate invisible sacudiendo la cabeza como un gallo que ha tragado una mariposa viva.
Se frota las manos impaciente y hacia la derecha grita “te amo�. Como antes, el eco regresa pero con las cabezas de una mujer que, como una bandada de flamencos que levanta vuelo, se vienen y se alejan repitiendo sus palabras que van cambiando de timbre hasta ser una voz femenina que con las cabezas se pierden en la oscuridad.
El Solo, queda alegre y conturbado.
Piensa y recuerda.
Entusiasmado grita “dónde estás� y el “as� se estira hasta desvanecerse lejos sin retorno.
Se queda en vilo esperando.
Angustiado, vuelve a preguntar sin obtener respuesta.
Camina hacia la derecha. Vuelve a gritar y aguarda.
Suena un “as� que él oye mirando hacia lo alto.
Se ilusiona.
Y otro “as�.
Y los siguientes se transforman en “tas� idénticos al taconeo de sus pisadas.
Los pasos comienzan a alejarse.
“Tas…tas…tasâ€?.
Él, mirando el suelo, los oye irse.
Se queda serio.
Inmóvil.
Quebrado.
Al tiempo, levanta las manos encima suyo y las baja delante del rostro y de los pies borrándolos.
Las manos se desdibujan en el vacÃo dejando la escena a oscuras, irremediablemente.
Reclamo.
A Belisario Saravia
Personajes
El Gato Negro
El Ã?guila
El canto de los grillos se interrumpe.
El proscenio se ilumina lentamente.
Al rato, el silencio se quiebra con un pÃo – pÃo indefenso.
Se asoma el Gato Negro.
Con la mirada hipnótica, la panza hundida y las uñas prontas, se queda a la espera del llamado del tierno pichón.
Silencio.
El Gato Negro retrocede y se embosca en la oscuridad.
PÃo – pÃo.
Y el Gato Negro avanza. Más sombra que la sombra.
Con la cola alerta escruta a los lados. Los ojos glaucos. GlauquÃsimos.
Acecha.
Para fruncir los labios junta cuero de donde puede y pÃa largamente.
Desde las hojas, con alegrÃa replican:
pÃo – pÃo – pÃo.
El Gato Negro hambriento, con los ojos sanguÃneos:
piÃipi
y de allá le preguntan
¿ pi – pi ….pipà ?
y él responde
piÃpi-pi.
Se acerca como pisando una tela de araña.
Se relame el hocico, no sólo por su presa sino por el calambre que le produjo el piar.
Va a sacar sus uñas cuando el simple pÃo se transforma en un trino maravilloso, celestial.
Al Gato Negro, estupefacto, se le atraganta la baba y enternecido acompaña esa música con un maullido emocionado.
Detrás suyo, sin dejar de trinar, se levanta un águila inmensa que de un solo picotazo, despelleja al Gato Negro dejándole sólo la calavera blanca con la boca en sol menor.
El esqueleto se desploma descalcificado.
El �guila mira, maquiavélica, en rededor.
PÃa dulce e inofensiva.
Se hunde a la espera de otro gato carnicero.
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