origen-del-teatro

Foto: Phil Gyford

“El calor del artista de calle aviva el instinto tribal de los espectadores”, decí­a Kevin Brooking.
En Marrakech, en una plaza salpicada de cí­rculos multicolores, actúan y rezan curanderos, vendedores de lagartos, narradores de cuentos y payasos. En una aldea de Brasil, un titiritero comparte con sus “cien niños” un mundo de cuentos tradicionales. En un bar abarrotado de Inglaterra, una cuadrilla de comediantes dibuja un cí­rculo con una escoba y sorprende a los parroquianos con una interpretación tradicional de muerte y resurrección. El dinero se recoge en una sartén que trae prosperidad a los artistas y buena suerte al público.

Por todo el mundo, los artistas de calle animan al público, continuando una tradición milenaria que ha llegado hasta hoy mismo. Muchas de sus técnicas tienen su origen en ceremoniales paganos. Curanderos y chamanes empleaban esos rituales para sanar enfermos y evitar catástrofes, creando un sentimiento de unidad entre la tribu y las fuerzas de la Naturaleza.

El poder del chamán se basaba en crear un estado hipnótico, en sí­ mismo o en los participantes. A partir de estos rituales surgieron actos mágicos, tí­teres, acrobacias y malabarismos. En un cí­rculo alrededor del fuego se curaba a un miembro de la tribu sacando la enfermedad de su cuerpo, materializándola en un hueso o en una piedra, tal vez el primer truco de magia. En rituales de Australia y Alaska, Nigeria o India aparecen el escapismo, enterramientos de vivos y decapitaciones. La muerte y la resurrección son el tema de fondo, y el chamán, provocador de tales ilusiones, demostraba su dominio sobre la muerte y la enfermedad.

La manipulación del fuego es una de las técnicas chamánicas más extendidas. El sí­mbolo del fuego es tan importante en las culturas primitivas que se desarrollaron muchas variaciones sobre el tema del exorcismo y la protección contra los malos espí­ritus. En los trances provocados en ceremonias de tribus de Asia y ífrica los participantes se introducí­an brasas ardientes en la boca, practicaban malabarismos con ellas y frotaban después su cuerpo con artorchas.

De Ceilán y Zambia llegan historias de poseí­dos que emprendí­an danzas acrobáticas provocadas por el clima de tambores. Entre los Votyak de Siberia aparece la cuerda floja en ceremonias de iniciación para comprobar la habilidad y el valor de los aspirantes.

Payasos y otras figuras cómicas se convierten en agentes curativos o personifican la enfermedad de forma excéntrica y psicótica -los sí­ntomas de la enfermedad tratada-, o provocan la risa donde habí­a miedo, como los payasos demonios de Ceilán. Y los indios dakota consideran al payaso como el más poderoso chamán.

La reunión de un grupo de gente alrededor de un fuego es un acto casi arquetí­pico aún vigente en la conciencia actual. Un famoso antropólogo observó que esta antigua costumbre se sigue practicando en los hogares modernos, pero alrededor del fuego frí­o de la televisión. -¿Es el artista callejero rodeado de público un fuego que aviva los instintos tribales de los espectadores?. Los asistentes contemplan el espectáculo, pero también observan las reacciones de los demás. Exclamaciones como “-¡Aaah!”, -¡Ooooh!”, etc., convierten a un montón de desconocidos en una tribu durante veinte minutos. En el festival de teatro de calle de Aurillac, el grupo Delices Dada dijo al público que asistí­a a la primera reunión secreta -en la calle- de la sociedad Claudo Coussinet: “No os separéis, para que no nos vean”. Se habí­a formado un tribu de desconocidos.

Para seguir con esta antropologí­a de café, yo dirí­a que este fuego en el centro del cí­rculo también calienta los frí­os aires de las ciudades de hoy. La riqueza puede comprar el aislamiento con limousines, residencias aisladas y muro; los artistas de calle celebran con la multitud y humanizan las ciudades. El festival de teatro de calle de Rotterdam es una buena prueba. Se celebra en un centro comercial de hormigón, irreconocible una vez transformado en un teatro para más de treinta espectáculos casi simultáneos. Es curioso: las ciudades que más necesitan el calor del teatro de calle lo prohí­ben o no lo fomentan. Bruselas, Bristol, Tokio, Moscú, Bagdad…

El contacto con el público constituye la leña del fuego y sin él el espectáculo es frí­o. La participación del público es como un chorro de calor en ciudades donde la gente tiene miedo. Veo a los artistas callejeros de hoy como un tipo de chamanes modernos. Las técnicas que emplean tienen el mismo origen, y posiblemente sus efectos sobre el entorno y la gente pueden llamarse curativos. Cuando le dije que mi espectáculo no era polí­tico, Lila Luder respondió: “Si creas ciertas emociones en la gente. Eso es polí­tico”.

El poder curativo de la risa y del fuego es una terapia extendida en Estados Unidos que avalan multitud de payasos que siguen actuando hasta que apenas pueden andar. Pero la fuente del trabajo de los artistas de calle es un eco ancestral, una calidez, y un aspecto polí­tico-curativo: es evidente, no se trata sólo de malabarismos. Dirigiendo a la muchedumbre en una subasta, pronosticando el tiempo a los agricultores, escogiendo a voluntarios entre el público como un ladrón de guante blanco o actuando inesperadamente como un conductor de ambulancias, estos curanderos pueden acercarnos la antigua ceremonia del cí­rculo alrededor del fuego.

Kevin Brooking, para la revista Kaskade.