
Este artículo fue escrito por Cecilia Andrés del Grupo Gente Teatro Títeres y Actores de México, participante del V Festival Internacional de Títeres “Cali un sueño con títeres”.
Comienza así: “Cali es una ciudad famosa por razones muy lejanas al teatro de títeres. El auge y decadencia de esa fama tienen poco que ver con teatrinos, risas, lágrimas y objetos y figuras que se animan sobre un escenario. Esto hace que la realización del V Festival Internacional de Títeres Cali un sueño con títeres, lleve en su nombre un objetivo que linda con lo imposible y, sin embargo…”
Sueño de una Cali antes del verano.
Cecilia Andrés / H. R. Luna
“Cali es una ciudad famosa por razones muy lejanas al teatro de títeres. El auge y decadencia de esa fama tienen poco que ver con teatrinos, risas, lágrimas y objetos y figuras que se animan sobre un escenario. Esto hace que la realización del V Festival Internacional de Títeres Cali un sueño con títeres, lleve en su nombre un objetivo que linda con lo imposible y, sin embargo…
Pasar del sueño hacia la pesadilla es fácil. Hacerlo de la pesadilla al sueño es más difícil: generalmente, uno se despierta sudando, angustiado, como si los recaudadores de impuestos y otros enemigos del arte tocaran a su puerta.
No obstante la violencia que impera en Colombia desde los viejos terribles tiempos de la United Fruit y sus matanzas, Cali es una fiesta. Un pequeño festejo que el Pequeño Teatro de Muñecos y su Casa de los Títeres, con hijos, primos, sobrinos, amigos y vecinos han hecho posible para que Cali recupere el sueño y las ganas de soñar… con títeres, por supuesto.
Del 21 de abril al 1 de mayo (aunque las chicas de El Retal llegaron con quince días anticipados para lo que denominaron su Pre…), hemos estado, llegando por distintas rutas, titiriteros de España, Brasil. Italia, México y Colombia para compartir las experiencias, mostrar nuestros espectáculos, conversar muchísimo, reírnos, tomar la Casa como un hogar alternativo al cual llegamos y partimos a deshoras para cruzar una mirada, disfrutar un café o una aromática, efectuar reparaciones, recoger títeres y escenografías, pedir auxilios, realizar llamadas, o simplemente para vernos una vez más antes de salir a las funciones, los almuerzos, las comidas.
Esta preservación del lado humano del encuentro es, quizá, lo más valioso. En otros festivales, más grandes y complejos, se ha perdido o se da poco. Aquí, es posible, todavía.
Hay, como es lógico, carencias técnicas (¿qué festival, en Latinoamérica y aún en Europa, no las tiene?) que deben resolverse con talento, imaginación, valentía o resignación. Este año el festival creció en número de grupos, de sedes e instituciones, pero el problema es que los recursos financieros, humanos y logísticos no lo hicieron al unísono. Si las universidades aportaran vehículos, choferes, técnicos, tecnología y depósitos bancarios las cosas habrían sido distintas. Y tal vez lo sean en el futuro.
La adopción de la intuición y de una postura ideológica durante el proceso de selección de las obras ha dado como resultado una coherencia reflejada en el buen nivel de los espectáculos, la ausencia de divos y divas, la armonía de nuestra diaria convivencia y la posibilidad de oírnos, mirarnos, hablarnos, de manera profunda, real.
El día off es algo que todos hemos agradecido porque no solamente nos colocó en un paréntesis de las jornadas sino que nos permitió acercarnos unos a otros desde una perspectiva menos profesional y más cotidiana: el viejo pan y la vieja sal que, aún ahora, cimentan cosas extrañas, como la amistad.
Abarcar mucho, dice el refranero popular, significa apretar poco. Esto fue notorio en la realización de conversatorios sobre temas como la comedia del arte, la ley nacional del teatro, la dramaturgia en el teatro de títeres, etc., donde la falta de una conducción adecuada y responsable, del tiempo específico para cada uno, de una indispensable ponencia por escrito y unas pautas participativas mínimas hizo que las cosas se diluyeran demasiado.
Para un futuro cercano habría que, según nosotros, por una parte, girar sobre un único tema a lo largo de la semana y profundizar todo lo posible en él; por otra, romper el cerco y convocar a los dramaturgos si el tema es ése, a los escenógrafos, a los posibles constructores, a los especialistas de otras disciplinas para posibilitar el escape de la todología que aprisiona al teatro de títeres e impide su pleno desarrollo. No es una tarea fácil pero… ¿hay alguna que lo sea?
Los festivales son una fiesta y no deben perder de vista que forman parte del disfrute y el placer antes que de la tortura y la estadística; son puntos que deben privilegiar la calidad por encima de la cantidad y de la conveniencia (el ‘te invito al mío si me invitas al tuyo’, tan de moda en algunos sitios, debe quedar atrás); son encuentros donde uno debe tocarse, mirarse, conversar, intercambiar, plena, abiertamente. Para los titiriteros representan la única oportunidad de converger por los caminos en un mismo lugar durante algunos días y reconocerse en los otros, sentirse parte de un gremio, de una comunidad desapacible que carece de reuniones duraderas y de instinto sedentario: son esenciales para su supervivencia y su afán de conocer el mundo.
Y, además de permitir el sueño, auspician la capacidad del vuelo dentro de él y la transmutación de un mundo en otro. Nada más, nada menos.
Esta vez, en Cali, lo hemos conseguido”.
Publicado el Jueves 16 de febrero de 2006



Potes:
Te deseo mucho éxito en esta empresa Quijotesca que es organizar un Festival de Títeres.
Adelante con los títeres al viento.