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Jueves 30 de Junio de 2005 (Actualidad Varios) por José Luis.

No faltará quien diga que para qué hablar de marionetas cuando el mundo sufre guerras y hambre. No faltará quien señale que se trata de ficciones que distraen, y que uno sólo fue a hacer turismo sin pensar en cosas más urgentes y serias.

Las marionetas no parecen moverse como quieren las manos enguantadas en negro que las mueven. Cobran vida propia. Los títeres se vuelven personas, personitas, y nos dicen sin palabras cosas que a veces sólo nos atrevemos a pensar.

Los titiriteros mueven las marionetas con mínimos movimientos de muñecas, flexiones milimétricas de dedos que tocan el corazón, sin prisa como la vida misma, a punta de suspiros, y uno las ve sin verlas porque son esas sombras de negro en la oscuridad del escenario.

El sueño, autor de representaciones, en su teatro, sobre el viento armado, sombras suele vestir de bulto bello, y uno lo sabe porque Góngora lo dijo, pero nada nos preparó para esta noche en que sombras y bultos son la misma cosa.

Uno ve las historias y se vuelve parte de ellas. Y al final sale a la noche como han hecho los sesenta mil que han visto el espectáculo y siente que encontró algo y que algo hace falta. Y camina por las calles empedradas y mira el monte y mira el mar y siente las olas de calor y el paso de las brisas.

No faltará quien diga que para qué hablar de marionetas cuando el mundo sufre guerras y hambre. No faltará quien señale que se trata de ficciones que distraen, y que uno sólo fue a hacer turismo sin pensar en cosas más urgentes y serias. Tienen razón.

Pero las historias que cuentan los títeres a través de sus titiriteros hacen que uno se dé cuenta de que la vida es algo más que guerras y hambre, que el arte, como dijo el clásico, vive más que la vida.

Extraído de un artículo de Miguel Molina en BBC Mundo.


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