Reflexiones de un simple titiritero
Versión para imprimir Jueves 18 de Marzo de 2004 (Solidaridad) por José Luis.
Los graves acontecimientos ocurridos en Madrid el pasado jueves 11 de Marzo me han impulsado a una reflexión sobre mi trabajo.
El día 11 de Marzo nada nos hacía suponer el giro que iban a dar nuestras actividades cotidianas.
Mi compañera vive en la calle Atocha, y allí estábamos aquella mañana. Preparábamos la furgoneta para ir a hacer una actuación en un colegio. Pusimos la furgoneta en marcha y cuando estábamos a unos cien metros de la Estación de Atocha, la realidad cambió de repente u quedamos atrapados en el caos.
Miles de sirenas giraban alrededor de nosotros: bomberos enloquecidos, ambulancias despavoridas, policías desbordados. Los móviles no funcionaban. Nadie parecía saber qué había pasado, pero el miedo estaba en las caras de todos: varias bombas terroristas habían estallado en la Estación de Atocha.
Nada podía hacerse para salir de la zona: si una calle no estaba cortada por un control policial, lo estaba por un paquete sospechoso, un coche sospechoso… Muchas calles conducían, sin otra alternativa, hacia los hospitales de campaña.
Estábamos en medio de una guerra, con una furgoneta cargada de marionetas.
Cuando nos obligaron a salir de la zona, necesitamos pararnos un momento. Y detener nuestra mente unos instantes.
Algo en mi interior había cambiado.
Los muchos años de trabajar para labrarme un oficio me miraban, detenidos en el tiempo. ¿Todo eso para qué?
Sentí la desnudez de mi profesión: soy un titiritero. Esos años anclados en el tiempo me habían hecho creer que debía ser empresario, representante de mí mismo, vendedor de mi trabajo, estudioso de la marioneta, visitador de festivales, asistente a congresos, montador de exposiciones… Sin embargo, allí estaba yo, desnudo de todo artificio. Sólo era un titiritero conmocionado.
¿Tantas discusiones sobre lo que ha sido, es, o debe ser la marioneta me habían llevado a estar más cerca del titiritero que soy?
¿Aquellos espectáculos lujosos que había montado, o que había admirado sentado en el patio de butacas, me habían hecho más humano?
¿Comprendía mejor el sufrimiento humano? ¿Tenía más conocimientos para acercarme con mi arte a los demás y ser capaz de abrir una puerta de conocimiento, recuerdo o emoción?
Desnudo y conmocionado recordé los orígenes modernos de nuestro arte. Cómo nuestras historias nacían de la gente, porque éramos más gente que ahora, que caminamos muchas veces como si fuésemos grandes artistas, empresarios o intelectuales.
En esos orígenes populares nació la fuerza y el encanto de nuestras marionetas. ¿Y cuántas veces hemos querido escapar hacia las alturas del reconocimiento social, hacia el limbo del respeto y la fama? Yo, muchas veces.
¿Cuántas veces hemos pensado que aquellos humildes orígenes sólo eran nuestro sustrato, como el cromagnon el del homo-sapiens? Yo, muchas veces.
Esas bombas miserables han roto también el espejo con el que yo miraba la realidad. Mi dolor es también el reconocimiento de la luz cegadora de la realidad.
Sólo soy un titiritero y mis pies están cuajados en el barro de nuestros orígenes.
¿Empresas, congresos, subvenciones?, lo dejo para otros que lo quieran. Yo ahora quisiera tocar la esencia de nuestro arte, sentir el dolor, la rabia y la alegría de la gente, y que todo eso se filtre por mis ojos en lágrimas de dolor y de alegría que destilen nuevas historias que alcen el velo que muchas veces nos oculta la vida, con sus luces y sombras.
Quisiera tocar el barro que nos dio vida como artistas. Esa arcilla primigenia que siempre nos acompaña sin que lo sepamos, y produce una chispa de vida hasta en el trabajo del más bruto de todos los titiriteros: tal vez yo mismo.
Mi historia de estos años locos de empresa y falsa creatividad me han colocado con suavidad un dedo en la frente, que ha sido como si un martillo hubiese golpeado mi mente. Y ahora siento, al menos, cierta lucidez.
Esto es lo que cuento, y no otra cosa: cosas de un simple titiritero.
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